domingo, 14 de noviembre de 2021

El gran apagón


Lo malo que tiene estar permanentemente instalado en el pasado es que cuando uno lanza predicciones, es muy probable que llegue tarde y éstas se hayan cumplido ya. Esto es lo que le está sucediendo a Vox con su vaticinio del gran apagón: llegan tarde. Éste ha tenido ya lugar. Para haber podido paliar sus consecuencias hubiese sido necesario empezar a prepararse a comienzos de noviembre..., pero del año 2000. Les cuento.

 

El Gobierno de José María Aznar y las compañías eléctricas estuvieron siempre muy bien avenidos. De hecho, hubo quien en el Parlamento acusó a éstas de haber financiado el asalto a la Moncloa del vallisoletano. Sea como fuere, desde un primer momento la colaboración fue intensa y estrecha, firmándose en diciembre de 1996 un acuerdo entre las empresas eléctricas y el Gobierno para implementar la nueva ley eléctrica que habría de dar el pistoletazo de salida a la liberalización del sector.

 

Fueron aquellos años días de vino y rosas. El Gobierno pactó con las eléctricas bajadas en el precio de la luz (que le permitirían cumplir con el objetivo de inflación fijado en los acuerdos de Maastricht para entrar en el euro), a cambio de garantizarles una ayuda cercana a los 1,9 billones (con b) de pesetas en concepto de costes de transición a la competencia. 

 

Pues bien, ese amor inicial se trocó en suspicacias y recelos al final de la primera legislatura popular. La concesión de las ayudas prometidas a las eléctricas se estaba llevando a cabo a un ritmo más lento del esperado (Bruselas las había frenado porque el asunto olía a compadreo que echaba para atrás) y, para colmo, Rodrigo Rato, con las elecciones generales a la vista, decidió llevar a cabo, por su cuenta y riesgo, una rebaja de tarifas del 4% para el año 2000, cuando lo acordado con las eléctricas era justo la mitad.

 

Las empresas eléctricas agrupadas en UNESA (ahora rebautizada como Aelec) montaron en cólera. Dejaron claro al Gobierno que esto incenti­varía el consumo y provocaría un aumento de los costes de generación e incluso podría producir desabastecimiento (ABC 14 diciembre 2000:53). Qué­dense con ambas predicciones pues las compañías eléctricas, a diferencia de Vox, suelen andar muy finas con sus vaticinios; máxime si tienen que ver con ámbitos donde su poder es casi omnímodo.

 

En el mes de febrero las empresas trataron de convencer a Rato de la necesi­dad de diseñar un nuevo marco tarifario y un marco para la inversión en generación para garantizar el suminis­tro, no nos fuese a pasar como a California, dónde una in­adecuada retribución de las compañías había llevado al abandono de la inversión y a restricciones eléctricas (ABC 24 febrero de 2001:48). Pero la cosa no prosperaba. Tras ganar de nuevo en marzo el PP las elecciones, con las compañías eléctricas viendo que sus demandas seguían sin atender, a la lógica de los argu­mentos le sucedió la fuerza de los hechos.

 

Según se podía leer en la página 53 del ABC el día 5 de abril de 2000, los precios del mercado ma­yorista habían empezado a subir de forma sospechosa desde la entrada en vigor de las últimas ta­rifas aprobadas por el Gobierno. Unas subidas que en algu­nos momentos se hicieron vertiginosas, rozando el 50% (no me digan que no notan cierta sensación de déjà vu). Esto llevó a la Comisión Nacional de Energía a abrir una in­vestigación para determinar el motivo de dicha subida pues, como señalaba un día más tarde ese mismo diario (p.53), algunas fuentes afirmaban que tras la subida de precios estaban las propias empresas que pretendían así autocompensarse por vía dire­cta la disminución de ingresos derivada de la bajada de tari­fas aprobada por el Gobierno. Finalmente, la CNE deses­timó el asunto, pues las causas parecían ser múltiples y no atendían exclusivamente a un pacto colusorio.

 

El tiempo pasaba y el Gobierno popular seguía sin atender las demandas de las eléctricas, de modo que la escalada siguió su curso y así, los días 19, 20 y 21 de noviembre del 2000 la Comisión Nacional de Energía detectó precios «excepcionalmente elevados» en el mercado mayorista que provocaron que el precio de la electricidad se situase en una media de 10 pesetas por kilo­vatio/hora, llegando incluso a 16,6 pesetas en las horas de mayor demanda (casi tres veces lo habitual). El Ministerio de Economía confirmaría más adelante que existió un pacto entre las compañías Endesa, Iberdrola y Unión Fenosa durante varios días de no­viembre de 2001 para retirar parte de su producción de forma concertada, lo que provocó una subida de los precios de la electricidad de hasta un 60 por ciento.

Pero esto no fue todo: el temido efecto California tampoco tardó en apare­cer. El 14 de diciembre en Barcelona una avería en un im­portante centro de distribución eléctrica de Fecsa-Endesa dejó las calles a oscuras y paralizó líneas de metro y tren, sucediéndose los apagones y cortes de suministro durante los días siguientes. La Generalitat multó a la compañía Fecsa-Endesa con 1,2 millones de euros como responsable, sanción confirmada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y después por el Tribunal Supremo.

 

A su vez, el 17 de diciembre, cuando el suministro no estaba todavía del todo restablecido en Barcelona, se pro­dujeron nuevos cortes por todo el país. En esta ocasión la demanda eléctrica superó la potencia instalada y se hubo de restringir el suministro de algunas áreas como Madrid, Valencia y Murcia. Es decir, el gran apagón (el mayor que se conoce desde las restricciones de postguerra) tuvo lugar entre los días 14 y 17 de diciembre en Madrid, Barcelona y las principales ciudades del Levante.

Como cabría esperar, esto hizo reaccionar al Gobierno, y el 27 de diciembre, en el último Consejo de Ministros del año, se aprobaba el R.D. 1483/2001 por el que se establecía la tarifa eléctrica para 2002. Por primera vez desde que el Partido Popular gobernaba se procedía a una subida de la luz. Esta subida del 0,412% de media sobre las tarifas apro­badas en 2001 no era exorbitada, pero significaba el fin de un ciclo. De ahora en adelante el recibo no dejaría de subir. Y en ello estamos.

 

De toda esta historia se pueden sacar un par de conclusiones interesantes: no cabe esperar un nuevo gran apagón por exceso de demanda (la potencia instalada actualmente es más del doble que el pico de demanda máxima), pero no se puede descartar algún apagón parcial, pues el mantenimiento de las redes de distribución sigue en manos de las grandes compañías eléctricas y se lleva a cabo según una retribución fija establecida por la administración, de modo que la verdadera ganancia estriba en abaratar costes. Y todo el mundo sabe a lo que lleva eso. También hemos visto cómo se sabe desde hace 20 años que el mecanismo de fijación de precios del mercado mayorista es susceptible de manipulación y que las compañías se conchaban para intentar subir los precios. Aquí, como en asunto de la distribución, tampoco ha habido cambios. 

 

¿Por qué nos cuesta tan cara la luz?

 

 


martes, 5 de octubre de 2021

Por qué nos cuesta tan cara la luz

 

 

Ser científico es ser ingenuo. Nos obcecamos tanto en descubrir la verdad, que olvidamos que muy pocos quieren que lo hagamos…Pero la verdad siempre está ahí, la veamos o no, la elijamos o no. A la verdad no le importa lo que necesitamos. No le importan los gobiernos, ni las ideologías ni las religiones. Nos esperará eternamente. Y este, al final, es el regalo de Chernóbil. Antes temía el precio de la verdad, ahora solo pregunto: ¿cuál es el precio de las mentiras?

Valeri Legásov, Chernobyl

    Hace seis años comencé un estudio sobre el sector eléctrico del que los lectores del blog supongo que, a estas alturas, ya se habrán olvidado.  Aquel estudio nació al calor de la sospecha de que el desorbitado precio que pagamos los españoles por la electricidad pudiera no deberse, como siempre se apunta, a razones coyunturales (falta de lluvias, de viento, precio del gas, de los derechos de emisión, etc.) sino a razones de índole estructural: en concreto, a que el sector eléctrico se hubiese transformado, en un momento dado, en una institución extractiva a través de la cual, un grupo reducido de personas, extraería recursos de la mayoría en connivencia con el poder político.

    Pues bien, tras mucho investigar, cabría situar el inicio de esta transformación con la neutralidad de España durante la Primera Guerra Mundial, que catalizó un proceso de acumulación de capitales que está en el origen de la concentración más importante de poder económico que se conoce en la España contemporánea, en palabras del profesor García Delgado. Este poder económico, como vimos, estaba además fuertemente vinculado con el poder político, dando lugar a ese reducido grupo de personas, una oligarquía en el sentido más general del término, cuyos nombres se repetían en los consejos de administración de las grandes empresas, así como en los sucesivos gobiernos y parlamentos de la Monarquía. De este modo, aunque no podemos decir que se asegurasen un sometimiento absoluto del Estado a sus intereses, si que tuvieron en todo momento un acceso privilegiado a los centros de decisión política, lo que propició que sus intereses fuesen cuidados con esmero a través de los gobiernos de la Monarquía Alfonsina primero y por la Dictadura de Primo de Rivera después.

    Esta oligarquía irá haciendo del sector eléctrico, muy dinámico en aquellos años, uno de los bastiones estratégicos desde los que incrementar su riqueza y consolidar su poder. De este modo nos encontramos ya, a finales de los años veinte, con un sector eminentemente privado, fuertemente concentrado y vinculado a la banca.  Los diferentes grupos empresariales ligados a esa oligarquía se hallaban conectados por una tupida red de consejeros e intereses comunes, al tiempo que se repartían el territorio y la demanda, quedando así anulado el funcionamiento de los mercados mucho antes de que se produjese la intervención del Estado; lo cual viene a contradecir, al menos en este caso, el manido mantra de que el mercado funciona eficazmente hasta que el intervencionismo estatal lo corrompe.

    Así las cosas, todo parece indicar que en la década de los años veinte se estaba dando en España esa relación sinérgica entre las instituciones políticas y económicas extractivas de la que hablan Acemoglu y Robinson, encuadrándose el sector eléctrico dentro de estas últimas. En él opera una élite reducida que a través de su capacidad económica y su influencia política impone barreras de entrada a la competencia, suprime el funcionamiento de los mercados y expropia los recursos de la mayoría: bien sea a través del cobro de tarifas abusivas, de la apropiación de los recursos hídricos o de la depredación de recursos públicos para grandes obras hidráulicas.

    Todo esto, claro está, no haría sino incrementar y reforzar el poder de este grupo, hasta el punto de que cuando su posición privilegiada se vea amenazada, como sucedió con el advenimiento de la Segunda República, va a tener a su alcance los resortes necesarios para volver a hacerse con el control de la situación, llegando incluso a utilizar para ello la vía del golpe de Estado, primero en 1932 y luego en 1936. El primer intento fracasó y el segundo, alentado y financiado por conspicuos miembros del grupo oligárquico, acabó degenerando en una cruentísima guerra civil de la que salió como caudillo el general Franco.

    Que Franco no fuese el hombre a quien se confió la puesta en marcha del alzamiento en un primer momento, no significó que la oligarquía no acabase aceptándole de buen grado (así como a otros de los que contribuyeron a poner la proa del Estado en la dirección que ellos marcaban); máxime cuando, como se vio, mostró un escrupuloso respeto por los intereses económicos de este grupo, en cuyas manos siguió dejando los sectores más pujantes de la economía, por más que esto fuese contrario a los principios nacionalsindicalistas en los que el régimen decía inspirarse.

    De este modo, durante los primeros años del franquismo los intereses de la oligarquía en el sector eléctrico no solo fueron respetados, acrecentados y puestos a res-guardo de la competencia internacional mediante la expulsión del capital extranjero que operaba en él, sino que además se dio cobertura legal e institucional a los acuerdos e intereses privados que se habían suscrito para repartirse el mercado (que, en muchos casos, databan de antes de la guerra) mediante la creación  de Unesa, la patronal eléctrica capitaneada por José María Oriol. De nuevo los intereses públicos y privados volvían a converger, como en los bue-nos años de la Monarquía.

    Acabados los años duros de la autarquía, y parapetadas bajo la protección del Estado, las empresas integrantes de Unesa (sobre todo las de mayor tamaño) disfrutaron durante los siguientes 25 años de un control omnímodo del sector,  que siguió funcionando como una institución extractiva en la que los ingresos no iban a depender de las leyes del mercado, sino de la posición negociadora de sus dueños frente al regulador, que establecería las tarifas en función de las posibilidades del país para soportar una mayor o menor extracción de rentas, y no en función de los costes o de la eficacia de la explotación del sistema que se estaba llevando a cabo.

    Conviene también tener en cuenta, como por otro lado cabía esperar, que ni la unificación de la red eléctrica llevada a cabo durante aquel periodo, ni el régimen de tarifas vigentes hasta los años setenta fueron neutrales. Estaban diseñados para favorecer los intereses de las grandes empresas, pues la red se dispuso para atender fundamentalmente a los intercambios entre éstas, y los estímulos a la inversión eran claramente ventajosos para las compañías respaldadas por la banca. De este modo las pequeñas compañías acabaron desapareciendo, y los consumidores viéndose abocados a sufragar un sistema ineficiente donde lo verdaderamente importante para las compañías era invertir, dado que la recuperación de las inversiones estaba asegurada.

    Estas inversiones ineficientes resultarán especialmente notorias cuando se aborde la sustitución del carbón por el fuelóleo y, más adelante, cuando se aborde la implantación de la energía nuclear. Precisamente en este último aspecto ya vimos cómo se volvió a supeditar la política energética nacional a los intereses particulares, quedando exclusivamente en manos de las grandes compañías privadas la puesta en marcha del programa nuclear.  Al apartar a las empresas del INI de la carrera atómica, se anuló el potencial competitivo que éstas empezaban a mostrar a comienzos de los sesenta.  Y no solo eso: las empresas públicas acabaron integrándose tanto en Unesa, como en la red de consejeros que servían de engranajes a esa bien engrasada maquinaria de transferencia de rentas que era el sector eléctrico.

    La política de estímulos perversos que se daba dentro del sector, en virtud de la cual cualquier inversión se acababa recuperando, ligada a la voracidad predatoria y la opacidad en la toma de decisiones, fueron el caldo de cultivo perfecto para que el maná nuclear ofrecido por el amigo americano conformase una burbuja especulativa de proporciones colosales, que puso al sector al borde de la quiebra justo en el tránsito del régimen de Franco a la Monarquía de Juan Carlos I.       

    Los amos del sector consiguieron asegurarse, antes de la muerte del dictador, de que el Estado se comprometiese a ser valedor de sus proyectos e inversiones, costase lo que costase; pero la crisis económica experimentada durante la segunda mitad de los setenta en España, en gran medida agravada por la situación del sector eléctrico, hizo necesario un replanteamiento. Precisamente éste sería uno de los asuntos más urgentes a los que habría de enfrentarse el primer Gobierno de Adolfo Suarez tras aprobarse la nueva constitución: la elaboración de un nuevo Plan Energético Nacional.

    La elaboración de este plan provocó un pulso entre los intereses de las compañías eléctricas agrupadas en UNESA y los que, como el ministro de economía Fuentes Quintana, consideraban que seguir adelante con las pretensiones inversoras de la oligarquía eléctrica era un suicidio económico. Finalmente, como sabemos, el episodio terminó con la dimisión de este último, y con la aprobación de un nuevo plan energético favorable a los intereses de Unesa. Esto puso de manifiesto que la capacidad de influir en el terreno político de la élite oligárquica, seguía prácticamente intacta a pesar de los cambios acaecidos en el escaparate político.

    Amortizado el centrismo, el Partido Socialista, uno de los que con más ahincó criticó los manejos que estaban teniendo lugar en la aprobación del nuevo plan energético, acabaría ocupando el poder en 1982. Ante la inminente quiebra del sector eléctrico muchos pensaron que se procedería a su nacionalización, pero no fue así. Para entonces el discurso socialista ya se había suavizado y contaba con el beneplácito de la oligarquía, que tenía a hombres afines a sus intereses en los puestos clave de la nueva Administración (Carlos Solchaga, Miguel Boyer, Mariano Rubio…). No es de extrañar, por tanto, que bajo la égida de Solchaga se llevase a cabo el saneamiento del sector de una forma muy ventajosa para los intereses de las grandes compañías, que vieron cómo a cambio de ceder el control de la red de transporte y de avenirse al intercambio de activos para tratar de equilibrar la situación financiera de las diferentes empresas, se echaba sobre los hombros de los consumidores todo el peso del rescate a través de los constantes aumentos de tarifa y del establecimiento de la moratoria nuclear. Como podemos apreciar, el advenimiento de un gobierno socialista, tampoco modificó, de forma sustancial, muchas de las características extractivas del sector.

    No obstante lo dicho, a pesar de la condescendencia mostrada por el PSOE con los viejos oligarcas, a comienzos de los 90 el sector eléctrico había dejado de ser coto exclusivo de la iniciativa privada: casi la mitad de éste era de titularidad pública y la gestión de la red estaba, en última instancia, en manos del Gobierno. Esto significaba que gran parte de las rentas generadas por el sector (cuya cuantía se estipulaba ahora según criterios más predecibles y racionales), en lugar de ir a parar directamente a las manos de un reducido grupo como sucedía antes, eran gestionadas por la Administración socialista, incrementando el poder de ésta en detrimento de aquélla.

     A tenor de los acontecimientos, da la impresión de que el grupo hegemónico reaccionó ante este hecho, bien tratando de asimilar a una parte de esa Administración (la más cercana a sus valores e intereses); bien procurando arrinconar a sus elementos más contestatarios. La confrontación será la táctica que acabará imperando, máxime cuando desde el Gobierno se pretendió, más adelante, mediante la aprobación de la LOSEN, poner restricciones al proceso liberalizador que, en materia de energía, estaba promoviendo la Comunidad Europea y que tan atractivo resultaba a las empresas privadas. El declive de las tesis socialistas vendría de la mano de la aparición de numerosos escándalos de corrupción en el PSOE durante su última legislatura, de su minoría en el Congreso y del imparable rumbo liberalizador de Bruselas contrario a las aspiraciones socialistas.

    De este modo, al crudo invierno del rescate le sucedió la primavera de la liberalización y las inversiones. Todo el protagonismo que el socialismo quitó a la iniciativa privada en el sector eléctrico le fue restituido por los gobiernos de Aznar, que pertrechado con el martillo liberalizador se aprestó a desalojar del poder económico a todos los cargos afines al partido socialista, para deleite y regocijo de la oligarquía que volvía a recuperar, a través de las privatizaciones acometidas por el Partido Popular, parcelas de poder perdidas durante más de una década.

    Como se vio, la nueva mayoría a la que apelaba el eslogan de campaña de Aznar sucumbió ante la vieja minoría. Ni las privatizaciones, ni la liberalización, ni las ayudas para estimular la apertura de los mercados (los tristemente famosos costes de transición a la competencia que costaron más de 1,5 billones de euros) se tradujeron en una mayor competencia o en una bajada del precio de la electricidad, pues en cuanto expiraron los acuerdos del Gobierno con Unesa el recibo empezó a subir de forma vertiginosa.  Al contrario, la liberalización dio a las empresas el control de los mecanismos del mercado para fijar los precios, lo que significó una vuelta a la extracción indiscriminada de rentas y a las subidas constantes de la tarifa eléctrica, si bien estas se amortiguaron mediante la creación de un sistema viciado que reconocía a las empresas el cobro de una cantidad y a los usuarios, de momento, solo les hacía pagar parte de ella. Empezó así a acumularse un déficit que acabaría desbocándose, espoleado sobre todo por el frenesí inversor que, como se vio, Rodrigo Rato fue incapaz de refrenar, y que acabaría diez años más tarde poniendo contra las cuerdas al sector como antes lo había hecho la burbuja nuclear.

    Así las cosas, durante la segunda legislatura de Aznar, sin haber terminado todavía de pagar los platos rotos de la moratoria, comenzará a gestarse una nueva burbuja en el sector eléctrico. Los dirigentes de las compañías se mostraban ansiosos por sembrar de centrales de ciclo combinado el solar hispano, pues parecía mantenerse viva la idea de que lo importante era invertir, cuanto más mejor, pues al final, de un modo u otro, la experiencia decía que todas las inversiones se acababan recuperando. Esta burbuja no le estallaría al gobierno de Aznar, desalojado del poder en 2004, sino al de Zapatero, cuyo mandato lejos de suponer una ruptura, como esperaban muchos de los que le consideraban un dirigente aupado al poder por el pueblo, supuso una intensificación de las políticas energéticas desarrolladas por Aznar.

    La orgía inversora alentada por Zapatero (que sumaría a la burbuja de los ciclos combinados la de las renovables), así como su deseo de subvertir los cambios en la estructura de poder introducidos por Aznar, provocaron un frenesí predatorio que llegó incluso a enturbiar las relaciones entre los miembros de la oligarquía española, que empezaron a utilizar a los partidos como ariete para privilegiar los negocios de una parte de sus miembros en detrimento de la otra. De este modo la Caixa, ansiosa por entrar en el mercado eléctrico (cosa que le había resultado imposible dado el férreo hermetismo del sector) intentó hacerlo primero a través del accionariado de Iberdrola y luego del de Endesa. Esta guerra fratricida ofreció el triste espectáculo a la ciudadanía de presenciar cómo el marco institucional no era nada más que un decorado al servicio de la lucha por el poder, y dejó, a la postre, casi la mitad del sector eléctrico en manos extranjeras, que acabarían ordeñando hasta la extenuación a la otrora vaca sagrada del sector público español: Endesa. Todo ello, hay que decirlo, manteniendo inalterada la fabulosa estructura extractiva del sector eléctrico (nada de introducir competencia o cosas por el estilo) y ayudándose, además, del concurso y la experiencia de miembros muy poderosos de la oligarquía hispana, para asegurarse de que el proceso se llevaba a cabo sin fricciones ni impedimentos.

    El gobierno de Zapatero, como vimos, no solo no moderó la vesania inversora iniciada con Aznar, sino que la extendió al desarrollo de las energías renovables, viniendo el sector eléctrico a absorber gran parte de los capitales que ya resultaban excedentarios en el sector de la construcción. Mientras el consumo energético se mantuvo al alza todo pareció ir bien, pero en cuanto los efectos de la crisis de 2008 se hicieron sentir en la demanda la burbuja estalló, dejando al descubierto un formidable exceso de potencia instalada y una descomunal deuda sin pagar. Treinta años después del estallido de la burbuja nuclear las nuevas generaciones de oligarcas habían vuelto a cometer los mismos errores: previsiones de demanda infladas; expansión sin límites de la potencia instalada, minusvaloración del riesgo de contracción de la demanda… Y lo que resultaba aun peor, esperaban las mismas soluciones: que el Estado actuase como garante de sus intereses.

    De nuevo el tam-tam legislativo de la Unión Europea hizo que la pasión liberalizadora volviese a rugir en el pecho de los empresarios del sector, entendida, claro está, como la libertad de la zorra en el gallinero. Y precisamente en ese momento se hallaba en el Ministerio otro ardiente liberal, Miguel Sebastián. Sin embargo, las concepciones teóricas de uno chocaron con las aspiraciones prácticas de los otros, desatándose una guerra sin cuartel en la que, curiosamente, los planteamientos iniciales del Ministro de Industria se fueron disolviendo entre las presiones de Unesa como un azucarillo en un café. Así las cosas, se acabó perdonando a las eléctricas la devolución de los costes de transición a la competencia cobrados de más; se ahondó en la liberalización del sector aunque la oferta siguió estando concentrada y la demanda cautiva; se puso en juego la seguridad jurídica y la sostenibilidad de las renovables al recortar su producción para mantener intactos los mecanismos de fijación del precio en el mercado, dominados por las grandes compañías; y todo ello, claro está, salpimentado con enormes subidas en el recibo de la luz achacadas por las empresas del oligopolio, como no, a un mal diseño de la política energética del que también se sentían víctimas. 

    Como hemos podido apreciar, cuando las inversiones se llevaban a cabo en un entorno fuertemente regulado, si salían mal era culpa del Estado. Y cuando las inversiones se llevaban a cabo en un entorno liberalizado, si salían mal también era culpa del Estado. Es entonces cuando uno columbra con fuerza la posibilidad de que el problema no sea el entorno, sino la capacidad de algunos inversores de repercutir el pago de sus errores al resto de la población, cosa que suele suceder cuando el poder político y el económico están concentrados y se dan la mano a través de una institución extractiva. De este modo, lo que era una deuda privada se acabó convirtiendo en deuda pública a través de un sistema de titulación similar al empleado en la moratoria nuclear, con la manida escusa, claro está, de que era eso o el fin del mundo.  Una deuda que, además, generaba nuevos intereses que irían a parar, en muchos casos, a la misma banca que había financiado las desastrosas inversiones en el sector eléctrico. Podemos ver que la maquinaria extractiva seguía funcionando a pleno rendimiento.

    Como ya sucediese en tiempos de la UCD, la deuda del sector eléctrico generada por la burbuja, vino a sumarse al contexto de crisis económica para agravarlo. Además, ya no era solo la deuda que había generado el sector, sino la que seguía generando. Y en un momento crítico para la economía española era imposible seguir camuflando la deuda privada entre la deuda pública, de modo que se hacía imperiosa una reforma del sistema que pusiese fin al déficit crónico que año tras año arrojaba su balance. Los empresarios del sector tenían claro cómo había de ser esta reforma: subir la tarifa cuanto fuese necesario para que los ingresos se equiparasen a los gastos. Pero con un país abocado al rescate y tutelado por Bruselas, el Ejecutivo (ahora en manos de Rajoy) no lo veía tan claro.

    De este modo el nuevo Ministro de Industria, José Manuel Soria, hubo de tenérselas con los capos del sector cuando trató de hacerles contribuir, vía impuestos, a acabar con esa deuda. Estos se enrocaron en la tesis de que las culpables de todo eran las primas a las renovables, y no pararon (como antes habían hecho con Sebastián) hasta conseguir sus objetivos: primero una moratoria y después un recorte draconiano en las primas que habían de recibir estas tecnologías. ¿Realmente eran las renovables las culpables del déficit? A esas alturas eso era lo de menos: lo que realmente importaba es que gran parte del parque renovable escapaba al control del oligopolio y, no solo eso, sino que además impedía la entrada en la subasta de las centrales que realmente hacían subir el precio de ésta (las alimentadas por combustibles fósiles). De nuevo vemos cómo se echaba a la competencia del oligopolio fuera del sector con el inestimable concurso del Estado.

    A pesar de las medidas tomadas la progresión del déficit seguía imparable, haciéndose necesaria una reforma de mayor calado. En la reforma emprendida por José Manuel Soria se sacrificaron no solo las políticas medioambientales, sino también el uso eficiente de la energía (aumentando indiscriminadamente la parte de la tarifa que no dependía del consumo) y el principio de confianza legítima. La reforma eléctrica pretendía dar una solución exprés al problema del déficit, pues éste no solo comprometía la situación del sector eléctrico, sino la de toda la economía española.

    La reforma, huelga decirlo, buscaba sencillamente cuadrar las cuentas. Que por cada coste que asumía el sector hubiese una cantidad dispuesta para hacerle frente. Así, para evitar que desapareciesen ingresos por baja demanda se subió inmisericordemente el término fijo del recibo, de modo que independientemente del consumo, cada instalación que entrase en la red tuviese prácticamente cubierta de antemano su amortización. Es decir, la reforma lejos de intentar abaratar los costes de generación, que tocan el techo europeo, se limitó a asegurar los ingresos. Primero subiendo el recibo en la parte fija y, más adelante, impidiendo que el autoconsumo se constituyese en alternativa económicamente viable al precio de la luz que suministraba el sistema.

    A pesar de todo ello, los empresarios del sector no dejaron de quejarse cada vez que les tocaba arrimar el hombro, atacando la labor del ministro por prensa, mar y aire; recurriendo cualquier decreto legislativo que lesionase sus intereses ante los tribunales; y utilizando de forma dolosa, como pusieron de manifiesto los órganos reguladores, los mecanismos a su alcance para tratar de resarcirse por la vía rápida de dichas pérdidas. A pesar de todo ello, se siguió dejando a su albur el mecanismo de fijación de precios en el mercado mayorista; se mantuvo el sector como un coto privado de cinco compañías al que solo puede accederse a través del accionariado de alguna de ellas (el último caso ha sido el de Repsol, que solo ha podido entrar en el mercado comprando activos y clientes a Viesgo) y se siguió echando a lomos del consumidor y del contribuyente todo el peso de amortizar unas inversiones que, pase lo que pase, siempre resultan rentables. 

    Queda claro, al final de este trayecto, que un siglo después de su establecimiento, el sector eléctrico sigue constituyendo una fabulosa herramienta de captación de rentas que, por todo lo que hemos visto, podemos decir que se adecúa perfectamente al concepto de institución extractiva propuesto por Acemoglu y Robinson. A diferencia de lo que sucedía en sus comienzos, hoy ya no hace falta, eso sí, que los propios interesados asuman la cartera correspondiente en el Ministerio y peleen por defender sus intereses. No es necesario: sus intereses están ya incardinados en el entramado jurídico e institucional del Estado e, incluso, a través de los medios de comunicación, en la conciencia de los ciudadanos. Ya no hace falta ni siquiera una UNESA beligerante, por eso ha sido rebautizada como Aelec y muestra un rostro mucho más amable. Hay mecanismos dispuestos para hacer fluir el caudal de los ingresos independientemente del consumo, de la eficiencia, de la pertinencia inversora o de cualquier otra consideración dictada por el sentido común, la justicia o las leyes del mercado. Todo funciona según lo previsto. Ahora ya saben por qué.

 

 

 

 

 

lunes, 8 de febrero de 2021

¿Lucha contra el virus o lucha de clases?

 

Sospecho que quienes dirigen el cotarro nos toman por gilipollas y, las cosas como son,  quizá razón no les falte. Nos tienen tan bien tomada la medida que pueden permitirse cosas como la que a continuación os voy a contar,  sin ponerse colorados, y sin temor a que en sus respectivos países empiece a sonar el estruendo metálico de la hoja de guillotina al caer.

            El pasado jueves día 4 de febrero, mientras nuestros medios de comunicación  se entretenían contándonos quién se había saltado ese día la cola para vacunarse, se reunió la Organización Mundial del Comercio para debatir una propuesta de India y Sudáfrica, secundada también por otros Estados miembros, para eximir del pago de royalties por la patente de las vacunas  a los países con menos recursos. Así éstos podrían utilizar los antígenos desarrollados por las farmacéuticas contra la covid-19,  para producir por sí mismos sus propias vacunas.

            Teniendo en cuenta, como señalan KM Gopakumar and Chaitali Rao, que los países con ingresos elevados, que suponen solo el 16% de la población mundial, han reservado el 60% de las dosis disponibles mediante acuerdos con los productores, y que los países con menos ingresos no han adquirido más allá del 10% de éstas, la vacunación en los países más pobres, no se alcanzará hasta 2024.

Pues bien, en un momento en el que la OMS advierte de  la acuciante necesidad  de vacunar a todo el mundo a contrarreloj, para evitar que la circulación descontrolada del virus origine cepas más virulentas, o que comprometan la eficacia de las vacunas disponibles,  resulta que a los señores de la OMC (concretamente los representantes de los países que se han quedado con la mayor parte de las vacunas) no han considerado aconsejable liberar la patente. ¿Y por qué? Dirás, mientras te apretujas los mofletes hasta que se te escurran por debajo de la mandíbula. Pues te cuento.

            Según parece los representantes de Japón, Canadá, Reino Unido y Suiza se han puesto muy finos, se la han agarrado con papel de fumar, y han dicho que no pueden encontrarse indicios de que los derechos de propiedad intelectual hayan supuesto una rémora para la lucha contra  el  covid-19. Así, tan anchos. Hasta que dentro de años (cuando ya sea demasiado tarde) aparezcan estudios concluyendo que la errónea estrategia de vacunación provocó un recrudecimiento del virus, ellos conceden el beneficio de la duda a la bondad del sistema de patentes.

            Por su parte, la Unión Europea y Estados Unidos han argumentado que el sistema de patentes proporciona incentivos legales y comerciales que son fundamentales para impulsar a las empresas privadas a que hagan inversiones y asuman el riesgo. Asumir el riego. Eso lo dice la Unión Europea, que se ha pulido, como contaba la comisaria europea Stella Kyrikides a finales de enero, la nada despreciable suma de 2.700 millones incentivando proyectos de investigación en vacunas (téngase en cuenta que Pfizer solo ha invertido 1.700 millones). Es decir, las instituciones públicas invierten más que las privadas en el desarrollo del producto, pero luego son las privadas las que deciden, en último término, a quién y cuándo se lo venden. Y ese es el sistema que la Unión Europea defiende en la Organización Mundial del Comercio.

         Resulta curioso que los mismos gobiernos europeos a los que no les ha temblado la mano a la hora de suspender derechos fundamentales para luchar contra el covid, se arruguen a la hora de suspender temporalmente derechos de propiedad intelectual. Da la sensación de que un puñado de mequetrefes están poniendo en juego el éxito de la estrategia mundial de vacunación por salvar los royalties de media docena de empresas farmacéuticas. Es decir, millones de ciudadanos pueden perder su trabajo, millares de medianas y pequeñas empresas pueden quebrar, pero los beneficios de las farmacéuticas son intocables.

         Todo esto podría ser tildado de malvado, pero realmente  es miope y estúpido. Da la sensación de que, en un momento crítico para acabar con la pandemia, por debajo de la lucha contra el virus, lo que de verdad se está librando es una lucha de clases, en la que una minoría se siente a salvo de todo y antepone su derecho de propiedad al derecho a la vida de cientos de miles de personas. 

            Como ya mencionamos al hablar del caso de John Snow, si es de dudosa eficacia tomar o dejar de tomar medidas basándose exclusivamente en la ortodoxia científica, lo que es absolutamente ineficaz es tomarlas atendiendo a presiones populares o intereses particulares. Ese hacer que se hace, sin alterar el statu quo, con el que algunas veces se intenta calmar a la ciudadanía, puede engañar a las personas pero no a los patógenos. Y como estos señores no aflojen, los patógenos van a conseguir que se nos rile a todos el orto.

           

 

 

lunes, 11 de enero de 2021

Psicología positiva: cómo convertir en ciencia la creencia

 


            En nuestra anterior entrega estuvimos viendo cómo se gestaron en Estados Unidos toda una serie de creencias sobre el éxito y la felicidad que confluyeron en lo que denominamos pensamiento positivo o ideología positiva. Hicimos un recorrido forzosamente rápido y emplazo a quienes quieran entrar en más detalles a que lean La vida real en tiempos de la felicidad: crítica de la psicología (y de la ideología positiva), de Marino Pérez, José Carlos Sánchez y Edgar Cabanas.

 

    Hoy, como dijimos, vamos a ir un paso más allá. Les voy a hablar de cómo todas esas creencias, que no eran nada más que lugares comunes y sabiduría convencional al servicio de un modelo socioeconómico determinado, van a ir obteniendo carta de naturaleza científica de la mano de un nuevo enfoque dentro de la psicología cognitiva: la psicología positiva[1].

           

    La psicología positiva empieza a cobrar forma en los Estados Unidos en la década de los noventa, en un contexto que va a marcar su desarrollo y sus aspiraciones.  Recordarán que el otro día les hablé de Francis Fukuyama y de su obra El fin de la historia publicada en 1992, que plasma de forma académica el sentir de toda una época: la historia había terminado, el modelo político (democracia) y económico (capitalismo) que los Estados Unidos representaban se había impuesto. Los Estados Unidos se hallaban, por fin, en la cima del mundo y pretendían sacar, con su luz, al resto de la humanidad de las tinieblas. La psicología positiva, como veremos, también participará de este mesianismo made in USA ofreciendo al mundo un modelo de felicidad.

 

    Ni que decir tiene que estos años están marcados por un optimismo irredento. Se consideraba que las políticas neoliberales en economía habían puesto a los Estados Unidos en la senda del crecimiento sin límites; se consideraba que la nueva economía, basada en las tecnologías de la información, pondría fin al trabajo mecánico y abriría la espita para el desarrollo de la creatividad y el talento. Son los años en los que el proyecto globalizador estadounidense empieza a extenderse como un nuevo Plan Marshall, consolidándose una oleada inversora sin precedentes en el sudeste asiático que terminará de incorporar esta zona a los flujos comerciales mundiales[2].

 

    Pues bien, en este contexto, como decimos, surge la psicología positiva. Y surge capitaneada, sobre todo, por Martin E. P. Seligman, un tipo brillante que había a cabo observaciones muy interesantes con animales en la universidad de Pensilvania. Estos experimentos les sirvieron para publicar, en 1975, un documentado estudio sobre lo que se ha dado en denominar “indefensión aprendida”. “Indefensión: en la depresión, el desarrollo y la muerte”, que así se titula dicho trabajo, es un libro muy sugerente en el que Seligman se propone estudiar las causas de la depresión que, según él, son en muchos casos mecanismos aprendidos que conducen al individuo a la indefensión y al abandono.

 

    Así las cosas, tras años de práctica terapéutica y reflexión Seligman se fue cansando del lado oscuro de la psicología y en un momento dado, según él mismo cuenta, vio la luz en el jardín de su casa conversando con su hija de cinco años:

 

En cuanto a mi propia vida, Nikki dio justo en el clavo. Era un cascarrabias. Había pasado 50 años básicamente soportando un clima húmedo en mi alma, y los últimos 10 años siendo un nubarrón en una casa llena de luz. Si había sido afortunado no era debido a mi mal humor, sino precisamente a pesar de él. En aquel momento, decidí cambiar.

 

 

En su viaje del lado oscuro al luminoso Seligman acabó llegando a la conclusión de que el mejor tratamiento contra la depresión era evitar que sus pacientes cayeran en ella, haciendo del optimismo la vacuna más eficaz. Así las cosas, igual que se podía aprender la indefensión, se podía aprender el optimismo, tema de su siguiente libro, publicado a comienzos de los noventa: Optimismo aprendido (traducido en España como Aprenda optimismo). En esta obra pone de manifiesto como

 

Cientos de estudios demuestran que los pesimistas se rinden más fácilmente y se deprimen con mayor frecuencia. Esos experimentos prueban también que los optimistas van mejor en los estudios, en el trabajo, y en el deporte. Sobrepasan regularmente los promedios en las pruebas de aptitud. Cuando los optimistas aspiran a un cargo, tienen más posibilidades de triunfar que los pesimistas. Gozan de una salud desusadamente buena. Envejecen bien, mucho más libres que el común de nosotros de los males físicos propios de la edad. La evidencia sugiere asimismo que podrán vivir más tiempo.

 

    De este modo, como quien no quiere la cosa, uno de los lugares comunes de la ideología positiva se había convertido en hecho científico demostrado por “cientos de estudios”. Curioso, ¿no? Máxime si tenemos en cuenta lo fácil que resulta, en muchos casos, confundir la causa con el efecto: ¿la buena salud ayuda a ser optimista o más bien uno es optimista porque goza de buena salud? Además, uno tiene la sensación, quizá porque es un taimado aguafiestas, de que aquí, como en otros muchos estudios científicos, al final  se acaba encontrando lo que se va buscando encontrar. También cabe la posibilidad de juguetear un poco con las estadísticas, algo que sucede en los estudios científicos con más frecuencia de la que pudiésemos pensar.  Como afirma el cirujano Antonio Sitges-Serra en su magnífico libro Si puede no vaya al médico,  muchos de los hallazgos estadísticamente significativos no son más que medias verdades fruto de la deriva cientificista y numerológica de la medicina contemporánea.

 

    Más allá de las dudas que miserablemente he estado sembrando sobre los fundamentos científicos de la psicología positiva, que a fin de cuentas pueden ser extrapolables a cualquier disciplina, hay un asunto que es el que realmente me hace recelar. Porque, a fin de cuentas, que algo no sea científico no implica que sea erróneo o perverso. Lo realmente inquietante es lo que, como digo,  deja caer también Seligman en Aprenda optimismo:

 

Esta modificación fundamental en el ámbito de la psicología se vincula de manera íntima con un cambio también fundamental en nuestra propia psicología. Por primera vez en la historia -debido a la tecnología y la producción masiva, a la distribución de la riqueza y otras razones-, muchas personas están en condiciones de medir significativamente su elección y, en consecuencia, ejercer un control sobre sus vidas. No es la menos importante de esas elecciones la referente a nuestros hábitos de pensamiento.

 

    “Elección”. Esa es la clave. Nos encontramos aquí con esa libertad de elección que constituye uno de los axiomas fundacionales del neoliberalismo y de la ideología positiva. Ya vimos el otro día cómo, dentro de esta última, pobreza y riqueza se consideraban una elección, basada en el esfuerzo y el control mental. Pues bien, esto último viene ahora a confirmarlo Seligman: podemos elegir nuestros hábitos de pensamiento. Podemos elegir ser pesimistas u optimistas. Podemos elegir ser felices o infelices. De este modo, concluirá, hay que despojar a las personas infelices del papel de víctimas y ponerles a buscar de forma activa su felicidad, del mismo modo que había que quitar a los pobres el papel de víctimas y ponerles a trabajar, sin más. Una idea ésta que había cobrado tanto fuerza en aquel momento, que llevaría a Bill Clinton, en 1996, a promulgar la ley que eliminaba la asistencia del Gobierno a los pobres, vigente desde los años que siguieron a la Gran Depresión, so pretexto de reducir su dependencia del Estado y ayudarles con ello a prosperar.

 

    Así las cosas, Seligman encaminó su trayectoria profesional a depurar las técnicas para adquirir inmunidad ante la depresión mediante la inoculación de optimismo y a medir los resultados (la cantidad de felicidad) en sus pacientes tras ser inoculados con esta nueva vacuna. Comienza así Seligman el gran giro copernicano en psicología, que habría de llevar a esta disciplina de rescatar a los enfermos mentales del pozo de sus miserias, a evitar que los sanos cayesen en él gracias al aprendizaje del optimismo y la positividad, pudiendo llevar así vidas mucho más significativas y gratificantes.

 

    En 1998 Seligman accedió a la presidencia de la Asociación Americana de Psicología y aprovechó su mandato para poner en valor este nuevo enfoque dentro de esta disciplina, al tiempo que, junto con Mihaly Csikszentmihalyi, empezaba a sentar las bases epistemológicas y los objetivos de esta nueva corriente. En un artículo publicado por ambos en enero de 2000, imbuidos de mesianismo milenarista, consideraban que la psicología positiva podría ofrecer al mundo una visión de la felicidad científicamente sólida, comprensible y atractiva, evitando de ese modo que el curso de los acontecimientos acabase llevando al resentimiento de los menos afortunados, al caos y la desesperación. En definitiva, están proponiendo, en los albores del nuevo milenio, convertir la psicología en un agente al servicio de la paz social:

 

A la entrada de un nuevo milenio, los americanos tienen por delante una oportunidad histórica. Estando solos en la cúspide del liderazgo económico y político, los Estados Unidos pueden continuar incrementando su riqueza material mientras ignoran las necesidades humanas de su gente y las de aquellos del resto del planeta. Esta deriva es muy probable que lleve al incremento del egoísmo, a la hostilidad entre los más y los menos afortunados, y finalmente al caos y a la desesperación.

 Las ciencias sociales y del comportamiento pueden desempeñar un papel de enorme importancia. Pueden desarrollar una visión de lo que es una buena vida que resulte empíricamente sólida al tiempo que comprensible y atractiva. Puede mostrar qué acciones llevan al bienestar, a individuos positivos y a comunidades más prósperas. La psicología debería ayudar a documentar qué clase de familias dan lugar a hijos que fructifican, qué entornos de trabajo proporcionan la mayor satisfacción entre los trabajadores, qué políticas dan lugar a un mayor compromiso cívico, y cómo se puede conseguir que la gente encuentre que su vida merece más la pena ser vivida.

 

    Esta corriente positiva desencadena dentro de la psicología un proceso análogo al que se da en la economía con el neoliberalismo: determinados fenómenos que son sólo convenciones con un origen histórico (el mercado competitivo o la prevalencia del optimismo, por poner un par de ejemplos) se intentan transformar en fenómenos objetivos con un origen natural. Del mismo modo que la economía expide las recetas “científicas” para que los países sean prósperos, o no se queden atrás en el proceso globalizador, la psicología pretende expedir las suyas para que los individuos se sientan felices y no se queden atrás en un entorno donde prima el desarrollo y el fortalecimiento permanente.

 

    Los esfuerzos de Seligman y Csikszentmihalyi en el campo de la psicología positiva en post de conseguir un estudio científico del bienestar subjetivo y la felicidad, les llevaron a establecer las virtudes y fortalezas que identifican los signos y síntomas de la positividad, algo parecido a lo que hace el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales con los signos y síntomas de la enfermedad. Aquí nos encontramos, fíjate tú por donde, con muchas de las virtudes señaladas previamente por la ideología positiva como escalones para ascender hacia el éxito y la felicidad: coraje, expectativas futuras, optimismo, destrezas interpersonales, fe, compromiso con el trabajo, esperanza, honestidad, perseverancia y la capacidad para la introspección y la armónica concentración.

 

    El estudio de la felicidad llevó a Seligman a publicar en 2002 su libro “Auténtica felicidad[3], en el que se propone identificar las diferentes formas de felicidad a las que puede aspirar el ser humano, así como los medios para promoverlas. Esto le lleva a establecer una clasificación de las distintas formas de felicidad y de las virtudes y fortalezas relacionadas con esos distintos tipos propuestos (sociabilidad, gratitud, altruismo, etc.), al tiempo que diseña los métodos con los que medir la incidencia de éstas en el resultado final. En definitiva, el objetivo de Seligman no es otro que identificar, predecir y producir de forma científica las causas de la felicidad. Ahora bien, ¿es esto posible? ¿Se puede llegar a conclusiones objetivas sobre las diferentes percepciones subjetivas de la felicidad? Según nuestro autor sí, pero el observador atento no me negará lo sospechosamente parecidas que son sus conclusiones a las propuestas por la ideología positiva. Veámoslo.

 

    En primer lugar, Seligman plantea lo que podríamos denominar vida placentera, caracterizada por el disfrute de los placeres, las emociones y las relaciones sociales. Según él, este tipo de felicidad (que encaja bastante bien con la idea de felicidad asociada a la riqueza y el éxito) no es la más importante. En primer lugar, porque viene muy determinada por la herencia (no me queda claro si genética o material); en segundo lugar, porque con su disfrute va perdiendo intensidad; y en tercer lugar porque no permite dotar al individuo de herramientas para alcanzarla. Es decir, que la gran conclusión que extraemos de este tipo de vida feliz, que es el ideal de felicidad americano por antonomasia, es que está al alcance de muy pocos y, además, la psicología positiva no puede hacer prácticamente nada al respecto. Qué bajón, ¿no?

 

    Pero el que no se consuela es porque no quiere. Y aquí viene el bueno de Seligman a presentarnos su segundo tipo de vida feliz: la vida buena. No todo es placer y emociones. Hay una felicidad que va más allá de todo eso en el desarrollo personal, el crecimiento a través del cultivo de alguna destreza artística, científica o profesional, alcanzando a través de ello la sensación de conexión y armonía con uno mismo y con cuanto le rodea (el flow). Es decir, el gran mensaje que nos trae aquí la psicología positiva es que ya no hace falta que seas un magnate asquerosamente rico para ser feliz: basta con que tengas un don, con que disfrutes de tu trabajo. Pero… ¿Qué ocurre si tu trabajo es un trabajo extenuante y mecánico en un almacén de logística? Pues también. Porque igual es que no te has dado cuenta de lo enormemente afortunado que eres y de lo agradecido que tienes que estar. Tienes que ejercitar tu gratitud. Ahí entramos en la siguiente vida feliz.

 

    El último tipo de vida feliz, y para Seligman la más importante, es la vida con sentido. Esta vida consiste en conocer tus puntos fuertes y ponerlos al servicio de algo que esté más allá de uno mismo: un ideal, una fe, una comunidad. Este sería, a mi modo de ver, el consuelo al alcance del común de los mortales, los que ni son ricos, ni exitosos, ni tienen ningún don especial: consolarse pensando que forman parte de una instancia superior a la cual se entregan y que gracias a ellos prospera; bien sea una asociación, una congregación, una nación. Si el lector no ve aquí una fabulosa invitación al conformismo gregario me rindo.

 

    He estado hablando prácticamente todo el rato sobre Seligman porque es, a mi juicio, el gran promotor de la psicología positiva y también, por qué no decirlo, al que mejor conozco. Me sedujo con Indefensión, me descuadró con su idea del optimismo aprendido y al final consiguió ponerme en guardia con su obstinación con el optimismo, las emociones positivas y la felicidad. Sin embargo, hay otros muchos autores dentro de esta corriente, no solo en Estados Unidos, sino también en España. Voy a citar muy de pasada unos cuantos para que el lector se haga una idea de por donde van los tiros.

 

    Mencionamos ya a Csikszentmihalyi, autor de  Fluir (Flow): Una psicología de la felicidad, en el que relata varios modos de alcanzar la felicidad entre los que destaca el flow, una especie de inspiración, concentración o absorción completa en la actividad o situación en la que uno se encuentra. Algo que, me temo, vale igual para un jugador de ajedrez que para uno de Candy Crush.

 

    También tenemos a Barbara Fredrickson y Sonja Lyubomirsky, que diseñan modelos matemáticos sustentados en cuestiones de carácter fisiológico y genómico, para demostrar cómo pequeñas actitudes positivas provocan un crecimiento progresivo de la positividad que puede ser, además, expresado mediante una “ratio de positividad”. Esta idea de que la positividad genera positividad es vieja como la sal. Por muy envuelta que venga en ropaje científico, no deja de recordar a los ritos de magia simpática en virtud de los cuales lo similar atrae a lo similar. No dicen nada que no dijese hace ya más de cuatro siglos San Juan de la Cruz, quien afirmaba que donde no hay amor, por amor y sacarás amor. Lo que pasa es que hoy en nadie puede arrogarse respetabilidad académica apelando a un discurso mítico o místico, de ahí que lo presenten envuelto en el papel de un prospecto.

 

    En España tenemos fervientes seguidores de esta corriente de la psicología positiva. Dentro del campo cercano al de la magia simpática destaca el libro de Marian Rojas Estapé titulado “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, que no es sino un libro de moral (o moralina) revestido de conceptos científicos. Así Marian, por ejemplo, después de explicar el funcionamiento del sistema reticular activador ascendente (SRAA) concluye que “a la mayor parte de las personas que no le suceden cosas interesantes en su vida es por una razón muy sencilla: no saben qué quieren que les suceda” y justo en la página siguiente remata: “Si deseas algo -con cierto realismo- de verdad y lo imaginas con fuerza puedes conseguirlo”. [págs. 110-111]. Claro que sí, puedes conseguirlo o no conseguirlo, pero uno tiene que ser optimista, porque ser pesimista es como ser uno de los niños malos que salen en la Enciclopedia Álvarez: “El optimista te mira a los ojos, habla de corazón a corazón; el pesimista mira el suelo, encoge los hombros y se olvida de comunicar con el corazón” (pág. 114).

 

Tenemos también al doctor Mario Alonso Puig, cuyo libro “Reinventarse: tu segunda oportunidad” sería un buen ejemplo de gestión de las herramientas para la consecución del “yo ideal”, al que él denomina “verdadero ser”. También como médico es frecuente verle hablar de los beneficios del optimismo sobre la salud. La validez científica de sus afirmaciones a mi me resulta, cuando menos, curiosa. Y las conclusiones que pueden desprenderse de sus afirmaciones pueden viciarse con suma facilidad: no nos tiene que preocupar que la sanidad sea deficiente, que las listas de espera retrasen los tratamientos... Nada, nada. Lo importante es tomárselo todo con buen humor para que la cosa vaya bien. Esto me ha traído a la memoria un párrafo de Robert M. Sapolsky en su excepcional libro ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Dice así:

 

Si erróneamente creernos que tenemos el poder de impedir o curar el cáncer mediante un pensamiento positivo, podemos llegar a creer que es culpa nuestra que nos estemos muriendo. Los defensores de esta nociva exageración de la relación entre psicología y salud no siempre pertenecen a grupos de marginales lunáticos; entre ellos hay influyentes trabajadores de la salud cuya titulación médica parece avalar sus extravagantes afirmaciones (pág. 206).

 

    Finalmente tenemos a Rafael Santandreu, con su libro “El arte de no amargarse la vida”. Santandreu se arroga para sí y para su libro el halo reverencial de la ciencia que niega a otras escuelas de psicología apelando, además, a la eficacia de manera muy similar a como lo haría un anuncio de detergentes: “Lo que vamos a ver a continuación es el abecé de la terapia cognitiva […], la escuela de psicología con base científica  y la que ha sido mejor respaldada por estudios de eficacia comprobada” (pag. 18).

 

    Santandreu, como buen predicador de esta congregación, receta a sus lectores generosas dosis de placebo o autoengaño (del que tanto despotricó Freud), y tiene todo un capítulo dedicado al “Piensa bien y te sentirás mejor”, que bien podría ser la divisa de este grupo. También muy en la línea del clan sostiene que si tu vida es un drama no es por que el mundo exterior sea hostil, sino porque eres un debilucho que todavía no ha entrenado su mente lo suficiente: “Las personas mentalmente fuertes tienen mucho cuidado de no dramatizar jamás sobre las posibilidades negativas de su vida y ahí está la fuente de su fortaleza” (pag. 36).

 

    Como les dije, no puedo evitar tener la impresión de que todo esto, al final, no son sino muchos de los consejos morales propios de la ideología positiva sistematizados y estructurados de acuerdo con el lenguaje matemático y científico. En el mejor de los casos suponen cuidados paliativos para un hombre postmoderno cercano a su estado terminal: ya que no está previsto que mejore la vida de la gente, por lo menos inyectemos buenas dosis de positividad para que mejore su experiencia subjetiva de felicidad. El autoengaño de toda la vida convertido en disciplina académica. Como dice Barbara Henreich en “Sonríe o muere

 

Si fuera cierto que las cosas van realmente mejor y que la tendencia del universo es siempre hacia la felicidad y la abundancia ¿Por qué habríamos de molestarnos en pensar de forma positiva? Hacerlo es reconocer que no nos creemos del todo que las cosas vayan a mejorar por si solas. La práctica del pensamiento positivo se dirige a reforzar tal creencia frente a las muchas pruebas que la contradicen.

 

    A mi me parece una filfa. No obstante, a quien le sirva para hacer más llevadera una existencia llena de ansiedad y sinsabores, o para consolarse pensando que es feliz o que puede llegar a serlo, que lo compre. Nada que objetar.

 

    Ahora bien, en el peor de los casos, todo este empeño entraña algo todavía más peligroso: La versión refinada (o readaptada conforme a un lenguaje científico) de la ideología positiva, en virtud de la cual si el individuo no encaje en el sistema no tiene nada que ver con el sistema, sino que es responsabilidad exclusiva del individuo, pues todavía no ha encontrado sus potencialidades, no ha sabido sacarlas partido, o no ha sabido dar un sentido a su vida. Si el 10% de la población toma antidepresivos es porque son unos blanditos, no porque su entorno sea asfixiante.

 

    Por tanto, como vemos, remedios, lo que se dice remedios, la psicología positiva no propone nada que vaya más allá de la fe en que las cosas van a ir bien. Ahora bien, con la excusa de la felicidad, por el camino nos cuelan esa personalidad optimista, confiada, extrovertida, creada por la ideología positiva, como modelo de yo ideal al que todo el mundo debe aspirar. Es decir, personas estupendísimas de haberse conocido diciendo al vulgo que si no son felices no es porque no tengan trabajo o su trabajo sea una mierda; porque los problemas se les amontonen como los recibos; porque llevan tres meses esperando un escáner por un bulto y les come la ansiedad porque todavía no les han llamado. No, no. Si no son felices es porque no visualizan, su mente es débil y se deja arrastrar al drama, provoca torrentes de cortisol que lentamente se come sus células como si fuesen un filete en Cocacola. Y todo eso, claro está, no es culpa ni del mercado laboral, ni del desigual reparto económico, ni del maltrecho sistema de salud: es culpa exclusivamente suya que es un cenizo. 

 

    De este modo, con ese empeño aparentemente inocuo en el optimismo y la felicidad, quedan reforzados esos mecanismos de control de los que hablamos en nuestro anterior artículo, en virtud de los cuales en un mundo lleno de posibilidades si usted no es feliz es porque todavía no ha hecho lo suficiente para tener su propia experiencia positiva de bienestar subjetivo.



[1] Entre nosotros: la psicología positiva me recuerda un poco a los gorrinos. Del mismo modo que a éstos les das de comer sobras y luego se convierten en jamones, la psicología positiva se alimenta de tópicos que luego convierte en hechos científicos.
 
[2] No descuerno la flor si les cuento que los supuestos neoliberales basados en a desregulación y la globalización no hicieron sino volver la economía más volátil e inestable; que la inversión en el sudeste asiático acabaría en una crisis morrocotuda en 1997; que la nueva economía desencadenó la burbuja puntocom recién iniciado el siglo; y que esa manía de los caciques estadounidenses de andar gobernado a todo el mundo, dando patadas a cualquier avispero, les acabó estallando en la cara un 11 de septiembre.
 

[3] De la versión española ha desaparecido el subtítulo original, que rezaba algo así como Usar la nueva psicología positiva y descubrir tu potencial para una realización duradera