sábado, 19 de septiembre de 2020

Consideraciones intempestivas sobre la ciencia (1): El caso de John Snow

 

 

No sé si se acordarán, pero hace meses quedó pendiente un artículo sobre la ciencia y sus implicaciones en la lucha contra la pandemia. Empecé a leer sobre el asunto y me sentí desbordado. Temí que volviese a pasarme como con la investigación sobre las eléctricas, que lo que iba para articulito acabó convirtiéndose en una tarea de años. Así que desistí. Pero al final la curiosidad y las ganas de contar lo que uno va descubriendo tiran más que una maroma de barco, de modo que aquí estoy de nuevo para contarles la historia de John Snow, de la que creo que se pueden extraer algunas valiosas consideraciones para introducir el tema.

Desde la tercera década del siglo XIX Londres sufría brotes epidémicos de cólera en su área metropolitana; brotes que se llevaban muchas vidas por delante y desataban el pánico entre los supervivientes. La ortodoxia científica del momento consideraba que estos episodios eran provocados por el miasma o efluvio maligno, una especie de emanación fétida que provenía de la descomposición de los fluidos orgánicos y que viajaba a través del aire.

Según esta teoría, dicho miasma se propagaba en forma de gases o efluvios, lo cual cuadraba bastante bien con el hecho de que los principales focos infecciosos fuesen los pestilentes barrios pobres de la ciudad, donde la gente se hacinaba en condiciones insalubres. Ya entonces, como hoy, había quien pensaba que la gente pobre, al igual que las bacterias, había hecho de vivir apelotonada entre mugre su nicho ecológico. Cuestión de hábitos, al parecer.

         Pues bien, en esas andaba el populacho de los distritos pobres (hacinándose en calles estrechas y sin alcantarillado porque era lo que realmente daba sentido a sus vidas) cuando en agosto de 1854 hubo un brote de cólera del copón.  Algunas zonas, como el distrito del Soho, vieron como su población se diezmaba en el sentido literal del término. Las autoridades, siguiendo el discurso científico de la época, consideraron que había que prohibir las aglomeraciones en lugares cerrados y mejorar la calidad del aire. Pero la cosa parecía no funcionar.

         En estas apareció John Snow, un médico que tenía su consulta cerca del epicentro de la pandemia y que no estaba del todo convencido de que la teoría científica en boga sirviese realmente para explicar lo que estaba sucediendo. Así que, pertrechado de una verdadera curiosidad científica y un mapa de la zona, empezó a rastrear los contagios, estableciendo las áreas donde la prevalencia era mayor y destacando los factores que parecían coincidir en los afectados, llegando a la conclusión que la mayor parte de las víctimas habían extraído agua de la bomba de Broad Street.

         Así que el bueno de John se presentó el 7 de septiembre ante el Consejo Tutelar de la parroquia de St. James, la autoridad sanitaria local, para informar de sus estudios y solicitar que retirasen la palanca de la bomba para evitar que la epidemia siguiese propagándose a través del agua que manaba de ella, cosa que sucedió al día siguiente.

         Si dejásemos la historia aquí, el lector podría caer en la complacencia fácil de pensar que el conocimiento científico había triunfado y la verdad se había abierto paso como los israelitas en el Mar Rojo. Pero la cosa no fue así. La presión popular para que se volviese a poner en funcionamiento la bomba y el apego de las autoridades locales a la ortodoxia miasmática, llevaron a que el surtidor se reabriese.

John Snow intentó hasta su muerte, acaecida cuatro años después, convencer a la comunidad científica del momento de que la propagación del cólera se debía a una materia mórbida presente en las aguas contaminadas, y no a su trasmisión a través del aire. Pero sus esfuerzos fueron infructuosos. No sería hasta la epidemia de 1866 cuando sus tesis comenzasen a ser aceptadas, corroboradas por los descubrimientos que Louis Pasteur estaba llevando a cabo en el campo de la microbiología.

La historia de John Snow nos enfrenta a varias cuestiones que, a mi modo de ver, siguen siendo de rabiosa actualidad y que pueden servirnos para adentrarnos en la relación entre ciencia y covid.

         En primer lugar, del caso de John Snow se desprende que a veces el consenso científico se articula en torno a una verdad;  pero otras veces es la verdad la que se articula en torno al consenso científico, de modo que seguir la ortodoxia científica puede ser útil si ésta parte de presupuestos adecuados, pero si no parte de estos presupuestos, la ortodoxia científica constituye un sarcófago de hormigón y acero que impide que aflore la verdad.

         En segundo lugar, la verdad no siempre está en relación con recorrer los rodados caminos por los que transita la comunidad científica, sino que tiene más que ver con la observación de primera mano, la audacia intelectual y la perseverancia. A esto último ayuda el verse implicado en el problema y urgido, por tanto, a encontrar sus causas; mientras que resulta contraproducente el tomar decisiones desde un despacho a sabiendas de que el resultado de éstas no te va a afectar.

         En tercer lugar, no podemos pasar por alto que los científicos son hijos de su época y que trasladan a la ciencia los esquemas de pensamiento que han heredado de ella. La ciencia no nace ex nihilo. Además de la teoría miasmática que hemos comentado, existía otra (denominada contagionista) que consideraba que el cólera se contagiaba mediante el contacto con un infectado. Pues bien, ambas teorías coincidían en señalar las condiciones de vida de los barrios pobres como causa de la enfermedad, pero enmarcándolo dentro de la secular concepción inglesa de la pobreza como problema en sí mismo; es decir, vista como el resultado de una predisposición anímica más que como la consecuencia de una situación socioeconómica determinada. De este modo la cuestión no es tanto la pobreza y las condiciones que la generan, sino las malas costumbres de los pobres. Y sobre estas malas costumbres fue sobre lo que se prescribía incidir, despreciando otras posibles causas.

         En cuarto lugar, si es de dudosa eficacia tomar o dejar de tomar medidas basándose exclusivamente en la ortodoxia científica, lo que es absolutamente ineficaz es tomarlas atendiendo a presiones populares o a intereses particulares. Ese hacer que se hace, sin alterar el status quo, con el que algunas veces se intenta calmar a la ciudadanía, puede engañar a las personas, pero no a los patógenos, que no atienden a esas filfas. Cualquier medida que no esté basada en la firme determinación de acabar con el problema no hará sino sembrar la suspicacia y el descrédito de las autoridades.

         Finalmente, hemos de tener en cuenta que el conocimiento científico tiene sus propios ritmos y su propia dialéctica. Es muy probable que esa Ciencia que muchos invocan como tabla de salvación en los momentos críticos, no esté ahí para presentarnos soluciones claras cuando más lo necesitemos; máxime si tenemos en cuenta que ciencias como la biología o la medicina basan sus conclusiones en el estudio de los hechos una vez que estos han tenido lugar. Las ciencias no producen soluciones. Las ciencias producen conocimiento. Y de cómo empleemos ese conocimiento dependerá que encontremos las soluciones o no.

lunes, 13 de abril de 2020

Cómo hemos llegado hasta aquí (3): La propagación del virus

   Vamos a hacer una pequeña recapitulación de lo que llevamos visto para entender mejor algunos de los aspectos de los que trataremos hoy. En nuestra primera historia vimos cómo la economía mundial presentaba signos claros de que el ciclo alcista estaba llegando a su fin y de que una nueva crisis nos aguardaba a la vuelta de la esquina. Una crisis de proporciones mayores a las de 2008, a tenor del volumen de deuda acumulado.
         Así mismo, en nuestra segunda historia, vimos cómo la situación china justo antes de la aparición del coronavirus en Wuhan era delicada: si bien estaban a punto de sellar un pacto con Estados Unidos para poner fin a la guerra comercial, los problemas en el interior no cesaban y ahora la estrategia de hacer culpable de todo a Estados Unidos podría empezar a flaquear.
         Pues bien, en ambos casos la propagación del virus acabó convirtiéndose en una excelente tabla de salvación: a los grandes capitalistas les servía para encontrar una causa de la crisis que no  se limitase a una repetición de las mismas malas prácticas financieras que desencadenaron la de 2008; y a los jerarcas chinos les daba un nuevo enemigo contra el que luchar y en torno al cual unirse, aplastando por el camino la disidencia que pudiera surgir.
         Vistas así las cosas, no sería descabellado preguntarse si, a tenor de lo bien que les había venido tanto a la élite financiera mundial, como al gobierno chino, la aparición de este virus, ¿no cabría la posibilidad de que hubiesen sido ellos mismos quienes hubiesen propiciado su aparición? La respuesta a esta puñetera pregunta me ha tenido toda la semana leyendo artículos de investigación científica en inglés. No tengo del todo claro si estoy en condiciones de contarles algo definitivo, pero desde luego lo que tengo claro es que ya no estoy en condiciones de leer más.
         El asunto de la posible creación deliberada del virus ha suscitado mucha polémica y, cómo no, ha dado pie a infinidad de bulos al respecto. Tal es así, que numerosos investigadores se han visto obligados a publicar un alegato en la prestigiosa revista médica The Lancet,  alabando el trabajo de sus colegas chinos y condenando con firmeza las teorías conspirativas que insinúan que el COVID-19 no tiene un origen natural. ¿Científicos unidos como si fueran cantantes y actores firmando un manifiesto? Suena raro. Y es raro. Pero es que en esta ocasión sobre ellos se cierne más que nunca la alargada sombra del doctor Frankenstein. Os explico.
         Los científicos llevan más de una década haciendo experimentos arriesgados con virus. He encontrado un artículo del año 2008 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, en el que un grupo de investigadores estadounidenses consiguieron demostrar que un coronavirus similar al SARS derivado de murciélagos, recombinado sintéticamente, podía infectar a células cultivadas y a ratones. Para ello diseñaron el genoma genérico de un coronavirus de murciélago emparentado con el SARS y reemplazaron el sector a través del cual éste se acopla a la célula huésped (que no es capaz de acoplarse en células humanas) por el del coronavirus SARS (que si lo es). Es decir, convirtieron un virus que no afectaba a los humanos en uno que sí que los afectaba. ¿Por qué? Agárrense que vienen curvas.
         Lo llamativo del estudio es que los autores lo justifican porque definir las posibles vías por las que la zoonosis evoluciona y da lugar a patógenos humanos es clave para anticipar y controlar tanto pandemias naturales como provocadas. ¿Pandemias provocadas? ¡En la mente de los científicos ya estaba instalada la idea de que se podían provocar pandemias! Luego la idea de que el actual coronavirus podría tener su origen en una manipulación, o que su aparición podría ser provocada no es del todo inverosímil. De ahí quizá cierta mala conciencia por parte de los científicos, que son sabedores de que estas cosas pueden hacerse, y el empeño por salir al paso de los rumores.
         Todo ese recelo se veía además alimentado por el hecho de que las primeras investigaciones sobre la caracterización genómica y epidemiológica del virus, que buscan determinar mediante el estudio de su genoma su origen y la relación con otros virus, mostraban  algunos hechos curiosos. Teniendo en cuenta la frecuencia de sustitución de nucleótidos propia de los coronavirus, los investigadores encontraban llamativo que la secuencia del 2019-nCoV de diferentes pacientes aquí descrita sea casi idéntica, con más del 99,9% de identidad de la secuencia. Este hallazgo apuntaba a que el  2019-nCoV (que así se denominaba al SARS CoV2 en ese momento) se originó de una única fuente dentro de un periodo muy corto y fue detectada con relativa rapidez.
         Otro estudio sobre la composición y divergencia genómica del nuevo coronavirus descubierto en China, publicado el 7 de febrero en la revista Cell, ponía de manifiesto que todavía no estaban en condiciones de dar una explicación razonable al número significativo de sustituciones entre el  2019-nCoV y el SARS o coronavirus semejantes al SARS. No podían explicar, por ejemplo por qué no había sustituciones de aminoácidos presentes en los elementos de unión al receptor que interactúan directamente con el receptor humano, la proteína ACE2 en el SARS-CoV, aunque seis mutaciones tuvieron lugar en la otra región del RBD (dominio de unión al receptor). Es decir, las mutaciones habían tenido lugar justo fuera del sector a través del cual éste se acopla a la célula huésped. ¿No me digan que no les ha venido a la mente al experimento estadounidense de 2008? Genoma genérico de coronavirus de murciélago y perfil de unión al receptor de un SARS, que como sabemos utiliza la proteína ACE2 como receptor celular.
         Pero no se vayan todavía que aun hay más. Un estudio reciente ha demostrado que este coronavirus se une a la enzima convertidora de angiotensina 2 (ACE2) con una afinidad más elevada que la que presentaba el SARS. Es decir, el nuevo virus era todavía más preciso que el SARS a la hora de interactuar con el receptor de la célula a través del cual conseguía entrar dentro de ella (el mencionado ACE2) y liberar el genoma viral. ¿Se habían hecho estudios sobre la potencialidad del ACE2 como puerta de entrada de nuevos virus similares al SARS? Por supuesto.
         Por un lodo se documentaban nuevos virus que utilizaban este receptor como puerta de entrada. He encontrado uno, llevado a cabo por un grupo de expertos chinos y estadounidenses en 2013, en el que se secuencia el genoma de dos coronavirus hallados en murciélagos de herradura muy similares al SARS-CoV y se aisla vivo un SL-CoV-WIV1 extraído de excrementos de murciélago, cuya particularidad es que presenta la morfología típica de un coronavirus y usa el receptor ACE2 para penetrar en la célula.
         Pero no solo se documentaban nuevos virus, también se creaban. He encontrado un experimento, llevado a cabo en el año 2015, en el que se creaba un virus quimera que desarrollaba la glicoproteína S (a través de la cual el virus se une al receptor celular ACE2) de un coronavirus de murciélago SHC014 sobre la espina dorsal de un SARS-CoV adaptado a ratones, que demostró un gran potencial patogénico. Este experimento dio lugar a una enconada polémica en la revista Nature, pues había científicos que consideraban que crear este tipo de supervirus implicaba más riesgos que beneficios.
         Precisamente aquel experimento sería el último de este tipo en llevarse a cabo en Estado Unidos, pues  el gobierno de aquel país había decretado una moratoria en su territorio y había retirado la financiación. Ahora bien, que estos delicados experimentos no se llevasen a cabo en Estados Unidos no significaba que no se pudiesen llevar a cabo en otros países. ¿Candidatos? Os doy pistas: Dos de los científicos que habían tomado parte en el polémico experimento de 2015 eran el doctor Ge Xing-Yi y la doctora Shi Zhengli-Li, del Instituto de Virología de Wuhan. ¿Wuhan? Si, nuestro Wuhan, la ciudad donde primero apareció el virus. Y no queda ahí la cosa, porque ambos también habían formado parte del experimento de 2013. No en vano Shi Zhengli-Li era una experta de reconocida talla internacional por su descubrimientos sobre los orígenes del SARS.
         Así que parece que sí, que a ciudad China de Wuhan iba a convertirse en la nueva Meca de los virólogos, pues precisamente allí se abrió en el año 2015 el primer laboratorio de máxima bioseguridad de China. Según recogía la noticia de la agencia EFE,  el director del nuevo centro de Wuhan, Yuan Zhiming, explicó que sin un laboratorio de nivel 4 de bioseguridad "no hay opción de experimentar con virus vivos o probar los virus en animales".  El laboratorio se construyó según un diseño francés y estaba equipado con tecnología francesa y europea. Y allí era donde los doctores chinos habían llevado a cabo su parte del experimento del 2015 y donde podrían haber seguido realizando este tipo de peligrosas investigaciones después de la moratoria estadounidense, que había dejado parados y sin financiación pública numerosos experimentos.
         Ya comentamos en el nuestro anterior artículo que para las grandes corporaciones China era como Magaluf para los ingleses: un lugar acogedor, barato y donde podían hacer cosas que no les dejaban hacer en sus países. Algo así sucede también con el laboratorio de Wuhan pues, como afirma Bruno Lina, director del VirPath virology Lab de Lyon, donde fueron entrenados en bioseguridad los investigadores del nuevo laboratorio y con el que el centro de Wuhan colabora estrechamente, este nuevo laboratorio brinda la oportunidad de combinar la investigación de alta seguridad con una gran cantidad de monos para los experimentos –dado que los investigadores chinos se enfrentan a menos líneas rojas que los de Occidente cuando de investigar con primates se trata-, lo cual puede ser formidable. Si quieres probar vacunas o antivirales, necesitas un modelo en primates no humanos.
         ¿Podría darse el caso de que este laboratorio se hubiese convertido en un centro de experimentación mundial donde llevar a cabo experimentos considerados peligrosos en otros países? Podría. Experimentar en China sale barato y hay menos restricciones legales ¿Podría ser que laboratorios privados se hubiesen hecho cargo de la financiación de esos programas  cancelados en EE.UU. y de sus posibles aplicaciones para el desarrollo de fármacos o vacunas? No es improbable. De hecho, suele ser bastante común que investigaciones llevadas a cabo con fondos públicos acaben dando beneficios privados.
         Ahora vienen la gran pregunta (la posibilidad de que Estados Unidos soltase en virus en China no la he sondeado): ¿Podría haberse escapado el virus del laboratorio de máxima seguridad de Whuan? Poder, podría, según recogía un reportaje publicado en la revista Science. En él, Ebright, un biólogo molecular de la Universidad de Rutgers en Piscataway, Nueva Jersey, mostraba serias dudas sobre la seguridad del laboratorio de Wuhan, máxime cuando el virus del SARS se ha escapado en múltiples ocasiones instalaciones dealta seguridad en Pekín. Las dudas eran compartidas por Tim Trevan, experto en bioseguridad, que consideraba que una sociedad abierta y una comunicación fluida son claves para mantener la seguridad en ese tipo de laboratorios y se preguntaba hasta que punto puede resultar esto fácil en China, donde la jerarquía juega un papel decisivo en la sociedad. ¿Se dan cuenta? Este tipo en 2017 estaba anticipando lo que sucedió en Wuhan en 2019: la cerrazón y la férrea disciplina de mando habían llevado a que el virus se propagase sin control al menos durante tres semanas. Y digo al menos porque hay indicios de casos a mediados de noviembre que en un primer momento pasaron desapercibidos.  

          Llegado a este punto, convien apaciguar un poco los ánimos, pues un grupo de científicos, en su mayoría estadounidenses, considera improbable, sin embargo, que el el SARS-CoV-2 sea el resultado de una manipulación de laboratorio de algún coronavirus emparentados con el SARS.  Para ello se basan, por un lado, en la eficacia que presenta el SARS CoV-2 para unirse al ACE2, que desarrolla una solución completamente diferente de aquellas previstas con anterioridad (algo así como a nosotros jamás se nos hubiese ocurrido algo así); y por otro lado, si fuese una manipulación genética debería haberse llevado a cabo a través de material genético conocido, pero los según el estudio los datos genéticos muestran irrefutablemente que el SARS-COV-2 no proviene de ninguna espina dorsal de virus previamente usado. Es decir, estos científicos ven improbable que el virus sea el resultado de una manipulación genética básicamente porque no se ajusta a los métodos que ellos hubiesen desarrollado para llevar a cabo una manipulación genética.
         Ahora bien, ¿no cabría la posibilidad de que la eficacia del SARS CoV-2 fuese el resultado de mutaciones antigénicas provocadas en laboratorio? ¿No podría haberse estado investigando sobre nuevos virus? No olvidemos que la doctora Shi Zhengli-Li era precisamente experta en ese campo y que China tiene una importantísima colonia de estos mamíferos. Aquí poco puedo decirles que vaya más allá de la conjetura. De cualquier modo, y sobre ello abundaremos en el siguiente capítulo, los científicos en este caso son juez y parte pues, como hemos venido mostrando, han jugado con fuego y ahora se esfuerzan por probar que este incendio no le han provocado ellos.
         Llegados a este punto, donde quizá ya la mayor parte este perdida y aburrida, voy a recapitular un poco: Sabemos que se han llevado a cabo peligrosos experimentos de manipulación genética con virus. Sabemos que el nuevo coronavirus presentaba características que habían llamado poderosamente la atención de los expertos. Sabemos que Wuhan estaba en condiciones de convertirse en la Meca de estos peligrosos experimentos, tanto por la tecnología de que disponían como por el dilatado acervo científico de sus investigadores; a lo que habría que sumar las escasas restricciones que gobierno chino impone a la experimentación con animales. Sabemos de los temores que suscitaba el laboratorio de Wuhan, tanto por los precedentes como por la obediencia ciega instalada en la sociedad china. ¿No me negaran que la tesis de que el virus se escapase del laboratorio no es altamente sugestiva?
         A todo esto viene a sumarse el oscurantismo de las autoridades chinas durante el surgimiento de la enfermedad que, además de suponer una imperdonable pérdida de tiempo, provoca una gran suspicacia. ¿Podemos realmente creer que fueron las autoridades locales las que trataron de tapar el asunto? Tengamos en cuenta que el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la ciudad de Wuhan está a solo 280 metros del mercado con el que se relaciona el brote. Tengamos en cuanta el sistema de alarma instalado tras la epidemia de SARS había funcionado bien en las anteriores ocasiones. ¿Un sistema de alarma optimo, con un centro de alarma a 260 metros del brote epidémico y la noticia no le llega a Pekín? Pues resulta raro.
         Este oscurantismo y esta censura que fueron la tónica dominante durante el surgimiento del brote, perduraron después incluso de haber comunicado este hecho  a la OMS, el 31 de diciembre; un comunicado que, conviene no olvidarlo, llegó justo un día después de que empezasen a filtrarse noticias sobre la gravedad de la enfermedad. Pues bien, cuando el día 1 de enero se procedió a cerrar y desinfectar el mercado de animales y marisco de Wuhan, considerado el epicentro de la epidemia, según parece no se tomaron muestras ni de las jaulas de los animales, ni de las personas que allí trabajaban. ¿Nadie en el Instituto de Virología de Wuhan se interesó por el material de estudio que pudiese haber allí? ¡Joder, es que es muy sospecho! En cualquier si no estamos ante un ocultamiento deliberado, estamos ante una chapuza de mucho cuidado. La pretendida eficacia china hace agua por todas partes porque, conviene no olvidarlo, hasta mediado enero, cuando el gobierno de la nación ya se había puesto al mando, se impuso la idea de que la enfermedad solo se contagiaba en contacto con animales infectados, habiendo habido médicos, como el doctor  Li Wenliang, que ya habían advertido de que el virus se contagiaba de persona a persona.
         Entramos aquí en un asunto que considero capital: Independientemente de si el virus fue un error de laboratorio o un cisne negro de la naturaleza, la pretendida eficacia china para contener el virus, las medidas draconianas implementadas, no son nada más que una solución drástica y tardía para un mal que, de haber actuado con mayor rapidez y transparencia, no se habría propagado con la velocidad y la virulencia con la que se propagó.
         A mi modo de ver, el relato de la supuesta eficacia china no es nada más que una manera de justificar medidas draconianas y autoritarias por parte de aquellos países que, como China, han llegado tarde a columbrar el peligro que suponía  el virus.  Por el contrario se habla menos del éxito conseguido por Corea en su lucha contra el Covid-19. La acertada respuesta dada por Corea, sin necesidad de recurrir a confinamientos, radica no solo en sentido común de sus ciudadanos y la confianza que tienen en sus autoridades, sino también, y sobre todo, en la puesta en marcha del mayor y mejor organizado programa de test de todo el mundo (que les ha permitido aislar rápidamente a los infectados y detectar enseguida a las personas con las que habían estado en contacto). A esto habría que sumar  unos servicios públicos robustos y bien engrasados, que han constituido la infraestructura necesaria para que funcionase esa cadena formada por las pruebas para detectar los casos, el seguimiento de los contagios y el aislamiento sanitario de los enfermos.  El ejemplo de Corea muestra  cómo  la suma de ciudadanos libres y bien informados, confianza en las autoridades y un alto desarrollo tecnológico nacional son mucho más efectivos para frenar la enfermedad que el autoritarismo y los grandes despliegues titánicos. Pero a falta de todas estas cosas, siempre es mejor hacer creer que el autoritarismo es la mejor respuesta.
         Y es que de forma paralela a la propagación del coronavirus por el mundo, se han ido propagando gran cantidad de narrativas tendenciosas y partidistas que aprovechan la aparición de la enfermedad para justificar un status quo determinado.  No quiero dejar pasar la ocasión de comentar al respecto un artículo de  Daniel Bernabé que pretende desmontar la narrativa centroeuropea sobre la propagación del coronavirus.
         Según esta narrativa, los torpes y perezosos países del sur estarían de nuevo en el ojo del huracán por no haber tomado con antelación las medidas necesarias para contener la pandemia, reclamando ahora la solidaridad de Europa para paliar su ineptitud. Sin embargo, como pone de manifiesto el estudio filogenético de la enfermedad llevado a cabo por Nextstrain, esta narrativa pasa por alto dos hechos fundamentales: Que el paciente cero europeo es muy probablemente alemán y que estuvo alegremente circulando sin restricciones. Así las cosas, como concluye Daniel Bernabé:

         El virus se expandió en Europa desde Alemania, con sus hombres de negocios, y desde el Reino Unido, con sus turistas ebrios, además desde Suiza, con sus banqueros y maletines. España e Italia tomaron medidas cuando creían saber qué buscar (síntomas del coronavirus) y dónde buscarlo (en China y, en el caso de España, en la propia Italia), pero no pudieron tener en cuenta que los centros del poder económico y financiero europeo, por lógica Berlín, Zurich y Londres, incluso sus propios directivos que viajaban a China, estaban expandiendo el virus al margen de los controles que se habían tomado.
         A tenor de lo expuesto, podemos ver cómo las medidas más eficaces para frenar el avance del virus, y cuya eficacia expira en unas cuantas semanas (detección temprana de casos y la reducción del contacto) no funcionaron prácticamente en ningún sitio. Y esto fue así porque no se sabía exactamente sobre qué había que actuar ni cómo hacerlo. Y esto nos pone en relación con las limitaciones de la ciencia a la hora de establecer  un criterio de actuación en entornos que se escapan de su ámbito de conocimiento. Es decir,  ¿cual es el papel de la ciencia, que estudia los eventos una vez que se han producido,  para situaciones como esta, en la que hay que tomar decisiones antes de que todos los hechos se manifiesten? Pues a responder esa pregunta iría  destinada la siguiente entrada, pero las cosas como son, a tenor del quebranto que me provoca documentarme y escribir, no sé si la habrá.






miércoles, 1 de abril de 2020

Cómo hemos llegado hasta aquí (2): El papel de China


         Ha costado un poco, pero aquí estamos de nuevo. En nuestro anterior artículo, como recordaréis, estuvimos hablando de cómo durante los años 80 se había pasado en Occidente de una fase industrial del capitalismo a otra financiera, y de cómo la desregulación y las privatizaciones habían conseguido ir paulatinamente menguando la fuerza de los sindicatos. Hasta aquí nada nuevo. Ahora bien, un papel esencial en todo este proceso fue el desempeñado por las deslocalizaciones, es decir, por el traslado de la producción industrial de los países occidentales a otros donde los costes de producción fuesen menores, consiguiéndose con ello el doble efecto de, por un lado, incrementar los beneficios de las multinacionales y, por otro, de mantener amedrantados a los trabajadores ante una posible pérdida del empleo. Y aquí es donde entra en escena nuestro protagonista de hoy: China
         A finales de los 70 China decidió sacudirse la modorra y salir del aislamiento, mostrando su voluntad de incorporarse a los flujos comerciales internacionales, y suscribiendo desde mediados de los 80 algunos acuerdos tendentes a facilitar su paulatina incorporación a la escena comercial mundial. De ese modo, desde los años 90, China se convirtió en el destino principal de las deslocalizaciones. Para los dueños de las grandes corporaciones era como Magaluf para los ingleses: un lugar acogedor, barato y donde podían hacer cosas que no les dejaban hacer en sus paises. Todo ello le vino muy bien a China, que terminó el siglo como la décima potencia comercial mundial. De este modo, durante la primera década del siglo XXI, China acabó siendo la fábrica del mundo, con un crecimiento espectacular que durante algunos años se situó por encima del 10%. Y eso no es todo: tras la crisis de 2008 China no solo fue el mayor fabricante del mundo, sino su motor económico, convirtiéndose en 2011 en la segunda potencia económica munidal.
         Sin embargo, como ya dijimos en nuestra anterior entrada, en un mundo finito nada es para siempre y su modelo económico, basado en la producción y exportación masiva, la depredación de recursos naturales y en una mano de obra barata y abnegada, empezó a mostrar síntomas de agotamiento. China no podía seguir produciendo tan barato, ni encontraba mercados para sus productos; originándose una oleada de despidos y de descontento social que amenazaba con hacer tambalearse la estabilidad del régimen, muy vinculada a la idea de crecimiento y desarrollo.
         Así las cosas, el gobierno chino iba a tener que enfrentarse a problemas que hasta entonces le resultaban desconocidos: la sobrecapacidad, el aumento del desempleo y la ralentización del crecimiento. De hecho, en 2015, la economía China empezó a crecer a su ritmo más bajo en los últimos 25 años, haciéndose imperioso un golpe de timón que cambiase el rumbo de su planes económicos. Para ello se intentó suplir con consumo interno la demanda externa y, sobre todo, comenzó a ponerse en marcha un proyecto de interconexión mundial denominado la Nueva Ruta de la Seda, con el que China pretendía conectarse con Europa a través de puertos y comunicaciones terrestres,  garantizarse así el acceso a los mercados europeos y la conexión con puntos estratégicos de Oriente Medio.
         Esta expansión China (que no solo incluía acuerdos comerciales, sino también culturales y políticos) levantó las suspicacias de EE.UU (máxime cuando se quiso extender incluso a América Latina) y está en la base de la guerra comercial desatada por Donald Trump en 2018. De hecho Donald Trump no era el único que veía con recelos estos deseos expansionistas chinos, pues Alemania y Francia tampoco han querido sumarse al gran proyecto de infraestructuras que el gigante asiático quiere llevar a cabo en Europa.
         España, tradicional aliado de Estados Unidos, con la mitad de su deuda en manos extranjeras y dependiente de la financiación del BCE,  tampoco lo ha hecho (a pesar de la insistencia china) y quizá eso podría explicar por qué la colaboración china con Italia (que sí forma parte del proyecto) ha sido tan estrecha y ha conllevado donativos mucho más generosos que los ofrecidos a España. No cabe duda de que China está sabiendo capitalizar la notoria pasividad de la Unión Europea y el desprecio estadounidense para granjearse aliados en el Viejo Continente, pero dejemos esto para más adelante y centrémonos en su empeño por disipar los nubarrones que le iban surgiendo en el horizonte.
         A pesar de los intentos del todopoderoso presidente chino Xí Jìnpíng por consolidar su fortaleza exterior, cada vez iban siendo más los problemas que se le acumulaban en el interior. Los datos económicos de 2019 volvían a mostrar un acusado descenso del crecimiento, en un momento en el que las expectativas de la población sobre la posibilidad de mejorar su vida eran tan efectivas para la paz social como la censura y el férreo control ejercido desde el poder. A esto habría que sumar el impacto político y económico de las protestas que desde el verano venían sucediéndose en Hong Kong, que amenazaban con  extenderse a otros lugares de China y a la siempre problemática Taiwan.
         Fue precisamente en medio de este panorama convulso, a principios de diciembre de 2019, cuando comenzaron a aparecer en la ciudad de Wuhan los primeros casos de una neumonía atípica que, por los síntomas, recordaba al SARS (siglas en inglés del síndrome respiratorio agudo grave), una epidemia que dejó en China varios centenares de muertos y más de 5000 afectados entre 2002 y 2003.  En aquella ocasión arreciaron las críticas al gobierno chino por la opacidad y la mala gestión del brote , lo que llevó a implementar un sistema de alertas más seguro e independiente, que funcionó muy bien durante la gripe aviar. Sin embargo, ante lo inespecífico de los primeros casos,  y en medio de las turbulencias del momento, parece que nadie quiso ser el mensajero que hiciese llegar las malas noticias (y nuevos quebraderos de cabeza) a Pekín, o se arriesgase a propagar noticias que pudiesen comprometer la imagen exterior del país en un momento tan delicado. 
         De este modo, no se notificaron los casos de neumonía atípica a la OMS hasta el día 31 de diciembre y no se cerró el mercado local que se apuntaba como foco del contagio hasta el día siguiente de la notificación. Además, según parece, el gobierno central no dio instrucciones para combatir la epidemia hasta el día 7 de enero, y la población no fue avisada de los riesgos hasta dos semanas después. El gigante asiático volvía a enfrentarse a sus fantasmas de 2002, pero con la diferencia de que entonces no aspiraba a disputar la supremacía mundial a Estados Unidos, ni tenía una población tan crítica. ¿Podía un gobierno presentarse como competente si no era capaz de controlar las enfermedades infecciosas que surgían en su territorio?
         China necesitaba mostrar al mundo su eficacia y a su población que se tomaba realmente en serio el cuidado se sus ciudadanos, de modo que puso en marcha un dispositivo titánico que posibilitó la construcción de un hospital en diez días y, apoyándose en las recomendaciones de la OMS, decretó una cuarentena sin precedentes,  que servía de cortafuegos tanto para contener el virus como para frenar el descontento popular. Sin embargo el daño estaba hecho, y se había perdido un tiempo precioso: a esas alturas el virus había traspasado las fronteras chinas y campaba a sus anchas por el corazón de Europa. Aunque eso, entre otras cosas, toda vía no se sabían. Hablaremos de ellas el próximo día.