jueves, 10 de enero de 2019

Vox Express: El nuevo milagro antimanchas

 
La extrema derecha ha venido y nadie sabe cómo ha sido


            Pues resulta que el 2 de diciembre se quedó buena mañana y de repente en España apareció la extrema derecha. Tal como te lo cuento. Bueno, tal como lo cuenta el New York Times. Y oye, lo del New York Times tiene pase, porque son gente que no es de aquí e igual no se enteran mucho de qué va la vaina. Pero es que los de El País, que llevan ya unos años dándole vueltas al torno (o la rotativa) en suelo patrio, un mes antes de los comicios andaluces, también hablaban de la irrupción de la nueva extrema derecha.

            A mi modo de ver, el boletín oficial del régimen no buscaba nada más que una burda excusa para  mostrar a España lo majete que es Santi, y lo mucho que se le quiere (la foto con niño del artículo es de traca); porque ustedes me dirán cómo es posible hablar de nueva cuando las ideas son las de siempre. Y, lo que es más sangrante, no sé cuándo se ha ido la extrema derecha de la escena política española para que podamos decir que irrumpe.

        
Y cuando despertó la ultraderecha todavía estaba allí

            Mariano Sánchez Soler, un señor al que le han salido canas estudiando la corrupción institucionalizada del franquismo y su pervivencia tras la Transición, explicaba en un esclarecedor artículo (esencia cinco veces destilada de sus numerosos trabajos) que las clases dirigentes franquistas siguieron copando los puestos de la administración y las grandes empresas tras la muerte de Franco, imponiendo desde allí sus ideas e intereses:  En cuanto soplaron los vientos de la democracia —nos cuenta—, los antiguos dirigentes y empresarios del Régimen no dudaron en desmarcarse de la familia Franco y del franquismo, para proseguir el negocio en otros salones. Es decir, la extrema derecha no desapareció, sencillamente cambió la camisa falangista azul oscuro  por la camisa liberal azul claro. Dejó de frecuentar el Clan de El Pardo para frecuentar el Clan de las Dehesillas.

         En esta decoloración, como nos cuenta Oriol Malló en su libro El Cartel Español,  contaron con la inestimable colaboración del PSOE, que en poco tiempo había pasado de ser marxista, a dejar los asuntos económicos en manos de fieles acólitos de la Escuela de Chicago  (la Meca atlántica del neoliberalismo), como eran Carlos Solchaga, Miguel Boyer y Mariano Rubio. Con su siempre certera prosa Malló critica cómo los viejos oligarcas se juntaron con los nuevos arribistas del PSOE para dejar que Felipe González hiciera, a costa de sus votantes, el rescate y cartelización del capitalismo español. Es decir: el PSOE hacía promesas a los trabajadores y la corte a la oligarquía. Y todos contentos.

         Por tanto, me parece evidente que la extrema derecha nunca se ha ido. Sencillamente hemos asumido su presencia. La hemos normalizado. Ha sido el elefante en la habitación o, por mejor decir, en los Consejos de administración de las multinacionales. Desde ahí la vieja oligarquía que engendró al franquismo y sus descendientes, junto a unos cuantos trepas que, como hemos dicho,  a través de la UCD y del PSOE se han subido al carro, conserva los resortes de poder en España y la capacidad para influir sobre los grandes partidos o, incluso, si la situación lo requiere, lanzar otros nuevos, como hizo primero con Ciudadanos y sospecho que ahora con Vox.


¿Qué hay de nuevo viejo?

         Porque, seamos serios, ¿qué tiene de nuevo Vox para que esté todos los días en primera plana? Absolutamente nada. En cuanto a lo que podríamos considerar postulados ideológicos, Vox es partidario del mismo nacionalismo centralista que han defendido, por orden de aparición, el PP, UPyD y Ciudadanos. Habla también de recuperar el sitio que nos corresponde en Europa, la misma monserga que ya emplearon  Felipe y Aznar para aplicar sin piedad ni oposición las recetas neoliberales, que acabaron  poniendo en manos privadas el patrimonio del Estado.

            También se reviste del ultra catolicismo que va en contra del movimiento LGTB, de la ideología de género y que defiende con denuedo el principio y el final de la vida (entre medias que cada palo aguante su vela); vamos, nada que no haya defendido el PP cuando sacaba por las calles a su grey, pastoreada por los obispos, a protestar contra el aborto. Todo ello salpimentado con soflamas en post de la libertad educativa, que es como se llama entre la gente bien al trasvase de fondos públicos para la educación privada.

            Y, finalmente, Vox pretende tener un mayor control sobre las fronteras (sin salirse de la UE, paradójicamente), frenar el islamismo radical y aplicar la reciprocidad religiosa con países islámicos (les veo poniendo crucifijos en los vagones del Ave a La Meca ),  así como expulsar de malos modos a los inmigrantes irregulares (cosa que ya hacía el PP y que sigue haciendo el PSOE).

            Que nadie, por tanto,  se llame a engaño: Vox no es el correlato español del Frente Nacional francés, por mucho que Marie Le Pen les escriba tweets de felicitación. Vox es un pastiche ideológico que mezcla los anhelos de Manolo Escobar con las glorias del Cid;  la pose de Curro Romero con el perfil sociológico de Pajares y Esteso en Los Bingueros.


España en el corazón, pero sobre todo en la cartera

            Y si en las ínfulas nacionalistas del programa político aún podríamos encontrar semejanzas con el del Frente Nacional, en lo económico ambos partidos están en las antípodas. Los voceros del neoliberalismo hispano no han dudado en calificar el programa de Le Pen de horroroso. ¿Por qué? Pues en primer lugar porque en un ejercicio de coherencia, que no está bien visto entre los fariseos del economicismo, sus propuestas económicas están destinadas a llevar al plano material su nacionalismo político. Y en segundo lugar, porque con su estatismo y su prurito regulador, se parecen más, a juicio de estos entendidos, a Podemos que a Trump.

         Vox, sin embargo, no cae en esa tentación y separa claramente su folclorismo nacionalista de su programa económico, que no se aparta un ápice del neoliberalismo tan del gusto de la oligarquía. Entre sus novedosas medidas podemos ver, en el punto 35, la clásica reducción del gasto público (entiéndase gasto como gasto social, porque cuando de dar negocio a las empresas del Ibex  se trata se le llama inversión). Tenemos también la típica desregulación (camuflada bajo el señuelo de la simplificación de normativas, trámites y procedimientos) en el punto 37. En el 38 tenemos otra antigualla: buscar la autosuficiencia energética de España, un argumento idéntico al que propició que durante el Franquismo se iniciase la burbuja nuclear que llevo al sector eléctrico privado a la bancarrota en los 80 y cuyo rescate estuvimos pagando hasta 40 años después de la muerte del dictador.  

            En este traje hecho a medida de las élites económicas, no podía faltar el eterno sueño húmedo de los amos del cortijo: subir los impuestos a la clase media (punto 39) y bajárselo a las grandes fortunas y a las empresas (puntos 40 y 46). Y, por si faltase alguna trasnochada novedad en este catálogo de propuestas, en el punto 45 incorporan al programa el ancestral mantra de la patronal eléctrica: hay que establecer menos impuestos y costes regulados en la factura de la luz, pues son los culpables  de que paguemos uno de los recibos más caros de Europa. Ahí, calcadito del argumentario de UNESA (ahora llamda AELEC); que no haya duda de quién paga al cantaor cuando se escuche la copla.


Ultraderecha light, clásica y zero

         Así que la nueva extrema derecha, es la de siempre: La que calienta la cabeza al personal con folclóricas quimeras, pero identifica la  patria con su patrimonio; la que se perfuma con olor a incienso, pero se olvida de la caridad y la justicia;  la que habla de desmantelar el Estado, cuando ha sido precisamente el instrumento que han utilizado secularmente para favorecer sus intereses.  Lo único que cambia, si se quiere ver así,  es el etiquetado. Vox es la ultraderecha zero: todo el sabor de la ultraderecha tradicional pero sin el azúcar progre de Ciudadanos ni la grasa de la corrupción del PP.

         Si no hay nada nuevo ¿a qué viene tanta alharaca entonces? Pues supongo que esto obedece a esa necesidad de hacer publicidad del nuevo producto, un producto con el que atraer a los que, traicionados por el latrocinio del PP, no comulgan (nunca mejor dicho) con los guiños laicistas de ciudadanos. Un producto que consigue, así mismo, eclipsar a esa otra extrema derecha violentamente xenófoba, laica y anticapitalista que clama contra la banca y les chafa las celebraciones al PP. Finalmente, gracias al estrambótico discurso de Vox, se consigue que Ciudadanos, por comparación, vuelva a parecer un partido moderado; porque en su intento de adelantar al PP por la derecha se pasaba el día derrapando y, sin esta expansión del tablero, corrían el riesgo de salirse de madre.

            Así que, pasa con la extrema derecha como con los detergentes, que los fabricantes sacan nuevos productos pero mantienen la misma fórmula. Ahora toca anunciar Vox Express, el milagro anti manchas, que al tiempo que  mantiene intacto el tejido electoral de la extrema derecha, limpia los restos del fascismo anticapitalista y devuelve a Ciudadanos su color original. Y todo ello, como no, con el inconfundible aroma de la España de siempre.




sábado, 17 de febrero de 2018

El caso Oxfam: ¿Un aviso para navegantes?



        


Desde hace una semana a los de Oxfam les está cayendo la del pulpo: Primero se descubre que algunos directivos de la organización, destinados en Haití tras el terremoto de 2010, pagaron a jóvenes de la zona para montar unas orgías que harían enrojecer al mismísimo Nacho Vidal. Después resulta que lo de andar por ahí beneficiándose a las nativas no fue exclusivo de de Haití, sino que también ocurrió en Chad en 2006. Por si esto fuera poco, salió a la luz un informe que ponía de manifiesto que más de 120 trabajadores de ONG británicas fueron denunciados por acoso sexual el pasado año, lo cual llevó a la ex secretaria de estado británica de cooperación internacional, Priti Patel, a advertir que el sector se había dejado en manos de “pedófilos depredadores”. Y ya, para colmo de los colmos, algunos de los despedidos por escándalos sexuales encontraron fácilmente acomodo en otras organizaciones. Vamos, que ni El Pozo trata así de bien a sus cerdos.

            Casos como este proporcionan una justificación muy socorrida a los que nunca se les ha pasado por la cabeza colaborar con una ONG, y siembran dudas más que razonables en quienes alguna vez lo han hecho. Hay mucha gente que piensa que hoy en día no se puede uno fiar de nadie, y tienen mucha razón. De modo que seamos consecuentes y, puestos a no fiarnos de nadie, desconfiemos también del medio que destapó el asunto.

            El escándalo, como muchos sabrán, fue sacado a la luz por el periódico The Times, propiedad del magnate de la comunicación Rupert Murdoch. Como quizá recordarán, Rupert Murdoch tuvo que declarar en la Cámara de los Comunes por el escándalo de las escuchas ilegales en las que se vio involucrado un periódico de su propiedad, el finalmente desaparecido News of the World. En aquella ocasión Murdoch no admitió más culpa que la de haber confiado en las personas equivocadas, manteniendo la tesis que había sostenido desde que estalló el escándalo en 2006: todo había sido una iniciativa aislada de un grupo de periodistas que, además, no representaba ni el 1% del total de su grupo. Así mismo,  lejos de plantearse dimitir, no por el escándalo en sí, sino por haber intentado taparlo, se presentó como el hombre idóneo para limpiar la corrupción en su casa.
           
            A decir verdad, contrasta el tono ambiguo y laxo de Murdoch ante el Parlamento, con el  alto grado de exigencia moral y la profusión de detalles que ofrecen de un tiempo a esta parte las páginas de su periódico. Habrá quien diga que una cosa es Rupert Murdoch y otra The Times. Pero me temo que quien diga esto se equivoca. En primer lugar porque Rupert Murdoch es bien conocido por interferir en la línea editorial de sus medios,  hasta el punto de despedir a Harold Evans, redactor jefe de The Times y a Stafford Somerfield, que ocupaba el mismo cargo en News of the World, por discrepancias políticas, como pone de manifiesto Paul Trowler en su libro Investigating Mass Media. En segundo lugar porque The Times no dudo en defender desde sus páginas el pago a funcionarios públicos a cambio de información cuando nueve de los principales periodistas de The Sun, otro de los medios del grupo de Murdoch, fueron detenidos por sobornar a las autoridades a cambio de información. Por tanto, da la impresión de que The Times se pone exquisito según y cómo.

            Como hemos visto, The Times no tiene mucha pinta de ser un juez imparcial. Parece utilizar una doble vara de medir para distinguir entre casos aislados y corrupción generalizada dependiendo de si ésta es de puertas para adentro o de puertas para afuera. Y Oxfam no solo es de los que  están afuera, sino que además es de los que molestan.  

            En 2014 Oxfam ya tuvo problemas en Gran Bretaña por sus duras críticas al programa de austeridad presentado por el gobierno conservador. Muchos parlamentarios de este partido consideraron que su campaña era una inaceptable intromisión en la vida política del país y pidieron incluso que se les retirase la financiación pública. Priti Patel, la misma que ahora ve las ONG como un nido de pedófilos, afirmaba que quienes dan dinero a esta organización esperando con ello mejorar la vida de la gente se han visto traicionados; además  el gobierno debería revisar inmediatamente los fondos públicos que se han dado a esta organización.

            Tengo la impresión de que si a Oxfam le llueve mierda no es porque sea poco menos que una panda de pederastas y puteros, sino porque su voz es una voz incómoda que conviene silenciar y desautorizar. Oxfam no se ha conformado con luchar contra la pobreza de manera silenciosa y abnegada, con la vista puesta en otro mundo; sino que  se ha caracterizado por denunciar alto y claro que las causas de la pobreza hay que buscarlas en éste, en el desigual reparto de la riqueza y el poder. Y claro, esto no deja de ser incómodo para quienes deciden ese reparto. Así las cosas, como digo, uno tiene la sensación de que había muchas ganas de silenciar a Oxfam y a quienes, como Oxfam, osan desafiar al discurso dominante

            Según este discurso dominante, no es la razón la que determina la economía sino la economía la que determina la razón. Lo irracional no es que mueran millones de personas al año por una mala distribución de los recursos; lo irracional es que uno no busque exclusivamente su propio beneficio. Es como si, parafraseando la frase de Séneca, el mercado ayudase a quienes lo aceptan y arrastrase a quienes se resisten. De ahí que para combatir la pobreza no haya que hacer nada, sino simplemente dejar que el mercado fluya. Voces como la de Oxfam, que denuncian que la pobreza no es fruto de un destino cruel sino de decisiones injustas, al tiempo que apuntan a quienes las toman, son realmente molestas. Para algunos convendría incluso eliminarlas. Y si se tienen las ganas y se tienen los medios ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no hacer pasar por periodismo de investigación lo que no es sino periodismo de intoxicación?
           
            El tratamiento que se ha dado los escándalos sexuales de Oxfam desprende cierto tufillo a campaña de desprestigio mediático. Escándalos sexuales muchísimo más graves y mejor contrastados, como el que implicaba a varios parlamentarios conservadores en una trama de pederastia durante el gobierno de Margaret Thatcher, no tuvieron ni una cobertura tan amplia, ni una investigación tan minuciosa,  ni merecieron críticas tan acerbas como las que ahora vierten los medios de Murdoch o el propio gobierno británico. Esto me lleva a pensar que realmente no se busca descubrir la verdad, sino recrearla para cubrir a Oxfam de mierda, justo en un momento en el que la sociedad está especialmente sensible ante el acoso sexual a tenor de las denuncias llevadas a cabo por numerosas actrices.  Parece que se está buscando que en la opinión pública cale la idea de que, al final, las ONG son solo un negocio más dirigido por personas que, en el fondo, buscan solo su propio beneficio.  Con esto se consigue el doble objetivo que sacar de la carretera a un molesto competidor y confirmar el discurso dominante: Lo racional es actuar exclusivamente en beneficio propio y, quien diga lo contrario, es un necio o un hipócrita.

            Vistas así las cosas, un buen escéptico no podría por menos que sospechar que lo de Oxfam pudiera ser un aviso para navegantes. Algo en plan la ayuda a los desfavorecidos puede estar bien siempre y cuando sirva para apuntalar el sistema, pero no para cuestionarlo. Una advertencia para que si el resto de ONG no quieren acabar como Oxfam, perdiendo a sus socios por miles, no metan la nariz en asuntos ajenos. Es entonces cuando un verdadero escéptico se preguntaría si a raíz de las publicaciones de The Times uno debe dejar de apoyar a una ONG como Oxfam o apoyarla con más fuerza porque, parafraseando de nuevo a Séneca, son de los que prefieren molestar con la verdad a complacer con lisonjas.